Tendiendo puentes entre el psicoanálisis y la ciudad

Bosquejar los cimientos: el documental ‘El asesino de Pedralbes’ y los fundamentos de la práctica clínica

Para quienes apenas nos hemos iniciado en el estudio del psicoanálisis, y todavía estamos en esa fase en que es mejor dejarse bañar por palabras y conceptos que no alcanzamos a entender, pero nos suscitan el deseo e interés suficiente para seguir investigando, algunas manifestaciones artísticas pueden servirnos de ayuda. Entendemos por arte lo que Lacan nombró como modo de organización en torno a un vacío (1), y otorgamos al cine e incluso al género documental, tal categoría.

Sabemos que el psicoanálisis sólo se aplica como tratamiento a un sujeto que habla y oye. No se trata pues de aplicar el psicoanálisis a ninguna obra de arte, ni tampoco al artista. A la inversa, puede aplicarse el arte al psicoanálisis: el artista precede al psicólogo, su arte permite hacer avanzar la teoría psicoanalítica (2). El psicoanálisis no es una pedagogía, ni algo que se enseñe o aprenda de forma estructurada, sino una experiencia que pasa por el cuerpo, algo que, algunas obras cinematográficas también son capaces de producir.

En este sentido, el documental de Gonzalo Herralde “El asesino de Pedralbes” (1978) no deja indiferente…

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El director no ha pretendido matizar la conducta criminal de Jose Luís Cerveto, quien asesinó al matrimonio para el que trabajaba en el barrio barcelonés de Pedralbes en 1974, estableciendo un contexto de comprensión de su conducta. Más allá de la comprensión o la valoración moral del caso, Herralde da la palabra al propio autor de los hechos para que pueda narrarlos en primera persona. Así, asistimos al relato enternecedor y estremecedor de su infancia. Fue abandonado por su madre, maltratado por las monjas, encerrado en un reformatorio a los nueve años donde sufrió abusos sexuales por parte de un educador.  A la vez, se suceden los momentos de pesadumbre para el espectador: cuando relata su paidofilia, habla de una agresividad que lo ha llevado a matar, o dice que el móvil del asesinato del matrimonio en ningún momento fue el robo, sino el propio deseo de matar, y pide que lo condenen a muerte porque si vuelve a salir de prisión, afirma con rotundidad que volvería a hacerlo.

Herralde compromete al espectador y lo confronta a su propia angustia. Valga como ejemplo uno de los personajes del documental, la mujer que fue “madrina en prisión” de Cerveto, quien da cuenta en su narración del horror que sintió ante su propia doblez moral durante las declaraciones del acusado en el juicio: “si bien su infancia me estremeció, su paidofilia me hizo sentir horror y tuve que salir de la sala”.

Frente a la frialdad de un tribunal de Justicia, donde el acusado es un número de sumario y donde al no tener en cuenta las motivaciones humanas y psicológicas tiene lugar la anulación del sujeto, el director del documental, toma en cuenta la subjetividad de Cerveto y lo pone a hablar. No hay lugar para el juicio, sólo para la narración en primera persona de los hechos. Este hecho me lleva directamente al texto de Lacan, Intervención sobre la transferencia (1951), cuando dice que la presencia del analista tiene que ver con el diálogo como artificio para asegurar el paso de ciertos diques que guardan relación con la verdad (3). Lacan plantea que ya inicialmente Freud no confunde la verdad con la realidad, puesto que en la relación analítica no hay más verdad que la verdad subjetiva.

El analista, tal como hace Herralde como director del documental, no se sitúa como amo de la verdad. Sin embargo, a la verdad subjetiva narrada en primera persona por Cerveto, Herralde parece anteponer la responsabilidad con la pregunta final que cierra el documental, que nos remite a la pregunta que Freud dirige a Dora: “mira, le dice, ¿cuál es tu propia parte en el desorden del que te quejas?” (4) El acusado pasa así de ser víctima o verdugo, a ser investido sujeto.

El propio Cerveto cuenta que solicitó al director de la prisión de Barcelona ir a la Central de Observación de Carabanchel. El psiquiatra que lo atiende, concluye tras diez o doce entrevistas y empleo de test proyectivos con que dice haber hecho un estudio psicológico profundo, que no padece un cuadro psicótico o enfermedad mental grave: “No se observa déficit intelectivo, y en el aspecto volitivo no está de acuerdo, es un caso psicoanalítico, juega en su conducta el inconsciente profundo, que sí debe atenuar su responsabilidad” y también observa lo siguiente: “si después de una prolongada técnica psicoterapéutica llegase a modificar la parte perversa de su personalidad podría estar en condiciones de reincorporarse a la sociedad” (5)

Cerveto, por su parte, parece tener una posición frente a psicólogos y psiquiatras:

“Si hay matrimonios que llevan toda la vida juntos y no se han llegado a conocer, ¿cómo me puede conocer este señor en diez minutos?” “ Manada de borregos” “Me quisiera conocer, pero no que me conozcan ellos, que me conozca yo que soy el interesado” “Alguien que me ayude a hacer una interpretación” “Me quise abrir al psicólogo y le conté mi problema: me gustan los niños y me irrito hasta matar: Me di cuenta que sólo le interesaba él, no yo, y me volví a cerrar”

Así pues, cabe preguntarse: ¿Cuál es su demanda? ¿Hay división subjetiva ante la pregunta final o por el contrario, Cerveto se sirve de ella para seguir insertado en su goce? Lacan, en su texto El lugar del psicoanálisis en la medicina (1966) ya nos advertía del límite donde el médico debe actuar y a qué debe responder (6). Hablamos de la relación entre la demanda y el deseo, que también puede retrotraernos al furor sanandis de Freud en el Caso Dora (7). En el documental también podemos observar un desequilibrio entre el deseo del psiquiatra y el del propio condenado. Si bien el primero cree que Cerveto puede curarse tras someterse a una técnica psicoterapéutica prolongada, él llega a solicitar que lo maten:

Carezco de familia, de amigos, la sociedad sádica deshace a las personas como si fueran bestias, las transforman en animales sólo con instinto de destrucción, por eso pido que me maten”.

La mirada de Herralde cierra el documental sin proponer ninguna adaptación a la realidad. No hay lugar para el juicio, ni para planteamientos maniqueos. En palabras del autor: No me interesa un cine documental manipulador, con pretensiones de objetividad. El personaje de Cerveto, que se expresa con inteligencia y seducción, provoca una fascinación en el espectador y una identificación propia del cine de ficción. Esta representación de sí mismo creo que ocurre también con la mayoría de los personajes que intervienen. Me interesaba resaltar la doble relación del espectador con unas ideas más o menos trivializadas sobre la personalidad de Cerveto y las instituciones jurídicas, psiquiátricas y penitenciarias que intervienen, después de un asesinato (8).  Su manera de contar esta historia tiene que ver con una escucha muy precisa, un recorte muy particular que se halla en estrecha relación con los fundamentos de la práctica clínica en psicoanálisis y desbroza el camino (9) a quienes andan bosquejando sus cimientos.

 

Notas.

(1) Regnault, F. El arte según Lacan y otras conferencias. 1995

(2) Ibíd. p. 19.

(3) Lacan, J. Intervención sobre la transferencia. 1951

(4) Ibíd.

(5) https://www.youtube.com/watch?v=-Zv4Yvhm2Zw

(6) Lacan, J. El lugar del psicoanálisis en la medicina. 1966

(7) Freud, S. Análisis fragmentario de una histeria (1905). El Caso Dora.

(8) http://elpais.com/diario/1979/04/12/cultura/292716008_850215.html

(9) Regnault, op. cit. p. 19

 

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