Tendiendo puentes entre el psicoanálisis y la ciudad

El derecho a equivocarse: una ética para una salud mental del siglo XXI.

Existe una Convención de los Derechos de las Personas con Discapacidades. Pueden resaltarse los siguientes Artículos:

19: Derecho a vivir de forma independiente y a ser incluido en la comunidad.

21: Libertad de expresión y de acceso a la información.

22: Respeto a la privacidad.

Cada uno de ellos toca un punto de segregación: ese impulso social principal ante la diferencia y la otredad, un impulso que resulta comprobable en cómo tratamos a las personas que reciben un diagnóstico de Trastorno Mental Severo (TMS).

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El sujeto diagnosticado de TMS corre el riesgo de ser excluido de sus pares, de su palabra, de su intimidad; en ese movimiento queda desposeído de algo fundamental para que pueda ejercer su ciudadanía.

Tomemos, como ejemplo, una consigna del protocolo de ingreso de un Servicio de Psiquiatría público de un municipio de la Comunidad de Madrid, que se ha difundido en Twitter:

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Vemos (al margen de los errores sintácticos) como los allí internados quedan efectivamente privados de sus pares (“se quedarán en su habitación”) de su palabra (“Las actividades terapéuticas son Obligatorias para todos los pacientes”) de su intimidad (“los pacientes tienen que ser observados y vigilados por las cámaras de seguridad”). El uso de las mayúsculas en el impreso es llamativo: la ‘O’ de Obligaciones, el SIN que precede a la palabra ‘privilegios’. No solo se obliga con mayúscula; también se sustrae en mayúsculas. Así se escribe eso que Freud llamó Superyó (podemos ponerlo con mayúscula en este caso).

Coinciden en este texto la fantasía moral obscena de la medicina Absoluta, que conoce universalmente lo que conviene al paciente; del panóptico Benthamiano, ese Gran Hermano que todo lo vigila sin descanso para evitar todo mal y todo riesgo; del cientificismo que determina que se puede curar la psique sin la opinión del sujeto, excluyendo el derecho individual en pos del bien común.

Es posible que muchos profesionales de la salud mental queden aterrados ante este impreso. A falta de comprobar su veracidad (las redes sociales confunden), es preciso decir que desgraciadamente, los ideales de las instituciones no siempre quedan muy lejos.

Sin embargo hay, quizás, un derecho que si bien no está contemplado en esta Convención sería interesante considerar: el derecho a equivocarse, que Humberto Maturana toma de una cita de Goethe: “Nadie concede a los demás el derecho a equivocarse”. Si la frase se considera seriamente, puede desligarse de la misma que el derecho a equivocarse sólo lo puede tomar uno mismo. Es decir, que solo desde una perspectiva subjetiva puede uno acceder al derecho de equivocarse. Un sistema puede detectar los errores de cualquiera, pero una equivocación requiere de un juicio íntimo.

Sin embargo, el “uno mismo” queda no pocas veces cercenado por el padecimiento, a veces difícilmente limitable, de la persona que padece de “lo mental”. Pero no solo: también por lo que la sociedad y sus dispositivos de salud consideran que le conviene al llamado “enfermo mental”, a veces con las mejores intenciones.

Cuando alguien tiene un trastorno, es fácil que no se tolere, por ejemplo, su decisión de no curarse. Es más: ni siquiera se contempla tal posibilidad, y si se hace, aterroriza. A la vez, se le acusará de no querer vincularse al tratamiento cuando éste no brinda los resultados exigidos.

También puede que se considere que es mejor, por su bien, decirle sistemáticamente lo que le conviene, consejo tras consejo. Quizás, eso sólo sea posible por la imposición de la moral moderna sobre el sufrimiento: enloquecer incomoda al orden público.

Un dispositivo como los Triálogos entre usuarios de dispositivos de la red de salud mental, profesionales de dicha red y profesionales en formación puede permitir poner encima de la mesa esta moral impositiva; cuestionarla para devolver a los sujetos sus derechos como ciudadanos; y fundar un discurso de acompañamiento suavizado de la ideología de los imperativos. Para ello, cada quién que participe en el Triálogo puede ejercer su derecho a equivocarse. Pero principalmente puede partir de poner en cuestión su propia salud mental, lo que dificultará, seguramente, su convicción de cómo proponérsela a los que supuestamente no la tendrían.

Concepto y referencias: Fran Eiroa; Lectura y redacción: Héctor García de Frutos.

 

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