Tendiendo puentes entre el psicoanálisis y la ciudad

El duelo imposible: el abismo sostenido en el semblante de Laura Palmer.

Integrar el resto, absorber la huella que no cesa de escaparse dada su evanescencia o su reproductibilidad infinita. ¿Cómo relacionarnos con la pérdida del Otro? ¿El duelo es una forma de hacerlo? Mejor pensado, ¿puede haber duelo realmente?

Sheryl Lee encarna a Laura Palmer en el filme Twin Peaks: Fuego camina conmigo (David Lynch, 1992)

Tal y como aseveró Freud, el duelo puede ser visto como una respuesta a las demandas de la realidad. Ésta reclama sus tributos y hay que responder ante ellos. Por ese motivo, todo el sustrato libidinal que está destinado al objeto ausente, a través de un trabajo más o menos costoso de energía y de tiempo, debe redirigirse hacia otro objeto para finalmente suturar la grieta que conlleva la pérdida. Hay un trabajo en ello que, por otra parte, como toda actividad económica productiva o libidinal, implica alienación.

Ahora bien, ¿qué sucede cuando la grieta, en realidad, es una gruta que nos arroja al abismo del Otro? Jacques Derrida, en diversos tramos de su pensamiento, afirma que el duelo -entendido en términos de aceptación de la pérdida- es una forma de devorar al Otro y, por consiguiente, de ser injustos con él. Al aceptar el imperativo de la realidad, se anhela hacer desaparecer al sujeto al afirmar su ausencia. Sin embargo, en el momento en que operamos de esta forma, lo que realmente hacemos es eliminar su inconmensurabilidad, anular la posibilidad de su distancia infinita, expresado en términos de Lévinas. El Otro no está donde se espera que esté, sino presente en su ausencia, vivo en su desaparición y completamente inexorable a nuestra subjetividad.

Es interesante observar esta lógica en varias obras. Un ejemplo sería el pequeño relato El altar de los muertos, de Henry James -que posteriormente François Truffaut adaptará bajo el nombre de La chambre verte donde todo pivotará alrededor del agujero imposible de taponar que acarrea la muerte del Otro. Más allá de James-Truffaut, algo de esta lógica del duelo imposible se pone en circulación con Laura Palmer, el personaje que estructura la serie creada por Mark Frost  y David Lynch, Twin Peaks. Laura, todas las mujeres en una según Michel Chion, ejemplifica diáfanamente el resto inasumible, el socavón que disloca no únicamente una pequeña comunidad (ficticia) norteamericana, sino el tiempo y el espacio, la realidad en toda su multidimensionalidad. Los muertos no mueren, y ya desde el primer plano de su rostro, saturado de una blancura amoratada y restos de arena perlada, se advierten unas facciones bellas pero estragadas, un semblante que revela la tortura que verdaderamente la realidad se inflige a sí misma

La consternación rápidamente congela la comunidad en el momento en que circula la noticia de su muerte. La reina del baile ha muerto violada y asesinada, la pulcritud encarnada ha sido vejada hasta acabar con su corta pero desconcertante existencia. Hay desorientación en la mayoría de los habitantes, e incluso alguna que otra muestra de satisfacción al ver que la competencia se ha esfumado por fin. Y es que Laura fue en todo instante de su vida lo que no es. Llama que flamea desde un infinito inasumible, misterio construido a base de secretos, deslizamientos y contradicciones, su puesta en escena siempre fue el de un rompecabezas con piezas perdidas irremediablemente para siempre. Su entidad y compostura, puro espejismo. Su cuerpo, anhelado hasta por los espíritus malignos, se evaporaba en el instante de su posesión. Y su personalidad, errante, flamígera, repleta de puntos de fuga, agujeros y abismos, deformaba en todo momento la materia de las relaciones que se establecían con ella.

Inocencia perdida demasiado pronto, Laura aboca a todos los que la rodean a un torbellino, encarnando un Maelstrom perfecto, seductor e inquietante en el que amigos, amantes, compañeros, familiares y clientes sucumben sin hacer demasiadas concesiones. Sin embargo, la velocidad de las revoluciones no sólo afecta al mundo exterior, sino que tiene sus consecuencias en ella al imposibilitarle cualquier sostén sobre sí misma, o a lo sumo, que para sostenerse necesite constantemente el acompañamiento de ángeles (ya sean literales o bien sea el agente especial del FBI Dale Cooper, encargado de investigar su asesinato) y de espíritus malignos. Su división hasta el infinito se debe a que ella es la encarnación maniquea, lugar de seducción de las fuerzas del bien y del mal, que materializadas en diferentes entidades, trituran su psique y (ab)usan de su cuerpo. Su desaparición o su huida -depende de cómo se mire- responde en cierto modo a este embate irracional de fuerzas por poseerla hasta el último átomo de su cuerpo y hasta el rincón más oscuro de sus pensamientos. Laura en vida transmite la sensación de poseer un cuerpo que no le pertenece efectivamente, además de tener un alma de prestado, a punto en todo momento de ser raptada por la violencia y el horror, pero también de ser redimida por la esperanza de una dicha imposible, aunque también por ello mismo irrenunciable. 

Pero el Maelstrom no amaina tras su pérdida. La comunidad, como decíamos antes, pasa a definirse radicalmente a través del vacío que genera su ausencia. Hay amor y, en consecuencia, también odio en torno a ella. Su cuerpo, ese espacio de lucha sideral, parece no querer irse, tal y como vemos en su entierro, así como su alma parece vagar en todo momento tanto en la realidad como en los sueños de alguno de sus habitantes. Su voz  sigue oyéndose, y su letra continúa inscribiéndose en páginas perdidas de un diario que se duplica en secreto. Y es que su ausencia parte a la población en infinitas piezas, haciéndose cómplice ésta de toda la perdición de Laura. Es imposible el olvido. Laura condiciona desde su espectralidad relaciones, vínculos, alianzas y vicisitudes de amigos y amantes. Todos, sin excepción alguna, se ven determinados por su silencio, por su mirada que ve sin ser vista, por su fuerza que recorre las calles y callejuelas sin que nadie pueda advertirla. Sólo en los sueños, como diría Roy Orbison, y en el limbo es real (para Cooper).

La situación se dispara ante la llegada de su prima Maddy. Uno de los doppelgänger de Laura, que comparte no sólo físico, sino también pensamientos. De modo que, más que una conexión telepática, entre ellas había una mímesis donde las ideas se despersonalizaban y los pensamientos adquirían un estatuto anónimo, impersonal. Su irrupción, a su vez, trastoca absolutamente la comunidad de Twin Peaks, haciendo presente en todo momento el vacío generado por Laura. De forma sutil en un primer momento, Maddy, como doble, es portadora de ese vacío de Laura. Incluso cuando se disfraza de ella para engañar al Dr. Jacoby (psiquiatra del Hospital de Twin Peaks y de Laura) no puede deshacerse de la presencia/ausencia de su prima. Asimismo, su razón de ser radica en la repetición de Laura: la convivencia con sus tíos, su amistad con Donna y James (mejor amiga y “amor auténtico” de Laura, respectivamente), su casi idilio con este último, su muerte en manos del mismo asesino de su prima… no deja de ser la reproducción en serie de una vida que no es la suya, que pertenece a Laura por completo desde que eran pequeñas y que ahora se hace más radical que nunca tras su desaparición.

La memoria que se construye alrededor de Laura Palmer, a su vez, se hace por un nombre que se separa de su cuerpo. Laura es una foto, varias fotos mejor dicho, y un cuerpo amoratado, acribillado, acuchillado y finalmente encofrado en un sepulcro que no quiere morar bajo tierra. Sí, pero eso verdaderamente no hace la memoria de los residentes en Twin Peaks. Es su nombre propio, más allá de su espectralidad y materialidad, lo que asedia la memoria de los ciudadanos de la población. Sólo su pronunciación es asimilable a la explosión de una bomba atómica, explosión que acarrea la emergencia de una multitud de experiencias y fantasías que van más allá de la veracidad de las mismas. Su nombre se inserta en la memoria colectiva como un mecanismo invisible y perturbador, y, una vez en ella, se dispara lo oculto que aquella pequeña sociedad esconde y refleja, incluso en su ignorancia, y se recrudece el abismo que sostiene la pequeña colectividad de Twin Peaks. La memoria, tejida de recuerdos pero también de fantasmas y delirios, es incapaz de ir hacia adelante. Claro que se intenta e incluso hay apariencia de avanzar. Sin embargo, vistas las cosas de manera pormenorizada, se observa que cada paso que da, es un retorno infinito al pozo insondable del pasado, cada vivencia que se intenta construir mirando hacia el porvenir, se asienta en un territorio minado en el que la explosión es una certeza anticipada. Y ‘Laura’, obviamente, nombra cada una de esas minas. No obstante no hay que caer en visiones de un pasado cerrado, clausurado sobre sí mismo. Lo acontecido no cesa de (re)inscribirse y también de (re)significarse.

Y es que Laura Palmer simboliza la imposibilidad de sutura, la brecha perpetua que no cicatrizará jamás. Habitante de la Red Room, atrapada en el limbo con sus doppelgängers, constituye el punto de quiebra en el que la realidad se hace pedazos. “Encuentra a Laura” le dice Leland Palmer, padre de Laura, al agente Cooper en la Red Room, lo que significa: introduce(te) en una nueva dimensión. Salvando a Laura la realidad se (re)construye, se dinamiza, se convierte en ese Maelstrom que era y es Laura. El tiempo se volatiliza, configurándose en un futuro-pasado que se retroalimenta a perpetuidad, haciendo que la existencia más que transcurrir, discurra disruptivamente en espirales de un porvenir que deviene pretérito. No hay un único tiempo, como no hay un único espacio. Y el grito final de horror, de angustia mejor dicho, de Carrie Page/Laura Palmer es testigo de ello.

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