Tendiendo puentes entre el psicoanálisis y la ciudad

¿En Hiroshima se perdió todo?

De una cosa podemos estar seguros: cuando concluya este 2020, la palabra más pronunciada y escrita habrá sido “virus”.

En estos días de encierro domiciliario -oficialmente llamado confinamiento-, he recordado inevitablemente la frase del escritor estadounidense William S. Burroughs: “El lenguaje es un virus del espacio exterior”.

En su ensayo de 1970 La revolución electrónica, Burroughs desarrolla una teoría sobre el origen del lenguaje, al que sitúa finalmente como la causa del mal que ha provocado Occidente a lo largo de la Historia.

Fotograma del episodio 8 de la tercera temporada de Twin Peaks (2017)

Para Burroughs, la palabra no es reconocida como un virus porque ha alcanzado un estado de simbiosis estable con el cuerpo que ocupa. Citando la investigación de un tal doctor Kurt Unruh von Steinplatz [1], el escritor despliega el fundamento de los cambios anatómicos que empezaron a posibilitar el habla en los primates:  “Una de las razones por las que los simios no pueden hablar es simplemente porque la estructura interna de sus gargantas no está diseñada para formular palabras. Él [el ficticio doctor] sostiene que la alteración de la estructura interna de la garganta fue ocasionada por una enfermedad viral (…) los machos fecundaban a las hembras en sus espasmos de muerte y la alterada estructura de la garganta era transmitida genéticamente. Habiendo efectuado alteraciones en la estructura del huésped que dieron como resultado una nueva especie diseñada especialmente para alojarlo, el virus puede ahora replicarse sin perturbar el metabolismo y sin ser reconocido como virus.”[2]

Burroughs menciona el caso Watergate [3], acaecido el propio año de la publicación de su ensayo, para ejemplificar la vigencia de los efectos malignos que esta mutación vírica ha producido, con especial saña en la “raza blanca” (sic). Postula que la eficacia de ese virus se haya visto reduplicada por los efectos de una hipotética radiación nuclear: “¿Qué explica entonces esta especial malignidad del virus-palabra blanco? Probablemente, una mutación del virus ocasionada por radioactividad. (…) ¿Qué hay de los efectos de la radiación en los virus? (…) Mutaciones virales ocasionadas por la radiación pueden ser totalmente benéficas para el virus. (…) Entonces ahora con los grabadores de Watergate y las consecuencias de las pruebas atómicas el virus se mueve inquieto en todas sus blancas gragantas. En otro tiempo fue un virus asesino. Podría volver a convertirse en un virus asesino y arder furiosamente a través de las ciudades del mundo como un magnífico incendio forestal.”[4]

En “El regreso del astronauta”, uno de los relatos que componen el libro ¡Exterminador! (1973), Burroughs abandona el estilo de la investigación científica para ofrecer un mito que explicaría por causas víricas y radioactivas el nacimiento de la sociedad occidental y su condena a la autodestrucción:

“Según [5] antigua leyenda la raza blanca es resultado de una explosión nuclear en el actual desierto de Gobi hace unos 30.000 años. La civilización y las técnicas que hicieron posible esa explosión fueron barridas por ella. Los únicos supervivientes fueron tribus de las zonas marginales del área afectada desconocedores de su ciencia y técnica. (…) Los descendientes de aquellos albinos de las cavernas son los actuales pobladores de América y Europa Occidental. Los blancos contrajeron en las cavernas un virus que ha sido transmitido a través de su abominable descendencia convirtiéndoles en lo que son hoy una monstruosa amenaza para la vida de este planeta. Ese virus antiguo parásito es lo que Freud llama el inconsciente reproducido en las grutas de Europa por unos cuerpos ya contagiados por las radiaciones. (…) Cuando salieron de las cavernas no podían ocuparse de sus asuntos. Carecían de asuntos propios de los que ocuparse porque ya no se pertenecían a sí mismos. Pertenecían al virus. Tenían que matar torturar conquistar esclavizar degradar igual que un perro rabioso tiene que morder. En Hiroshima se perdió todo.”[6]

Burroughs no yerra del todo en su mención a Freud. Ese virus responsable de la barbarie en la civilización occidental, y que habría alcanzado la más terrible cúspide con el hongo nuclear, no sería tanto el inconsciente sino la pulsión de muerte. Así, según el escritor las armas nucleares habrían barrido una civilización previa a la que conocemos, y ésta a su vez, se ve sentenciada a desaparecer tras los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki en una mortífera repetición. Todo ello debido al virus que, habiendo poseído al ser humano, le lleva a cometer las peores mezquindades.

Lacan consideró el lenguaje como un parásito que nos habita. En la conferencia que dictó en Niza, publicada bajo el título de ”El fenómeno lacaniano”(1974), encontramos lo siguiente: “Hay una relación -¿pero cuál?- entre lo que Freud puso de manifiesto con respecto a la sexualidad y el hecho de que haya animales que hablan, es decir, que están afligidos por algo totalmente parasitario, que ciertamente no les deja jodidamente indiferentes.”[7] Aunque Burroughs y Lacan parecen coincidir en que los primates se las arreglaban mejor antes de que la evolución -o lo que quiera que fuese- les permitiese el habla, Lacan no apunta en esta cita a una autodestrucción irremediable. De lo que habla es de la no relación sexual entre sujetos, ya que el ser hablante: “(…) por muchos esfuerzos que haga en dar sentido a la relación sexual, queda reducido a una formidable proliferación de palabras, (…) toda una serie de cosas que no están estrictamente fundadas en nada -en nada que no sea el fantasma, es decir, lo que suscita el goce-.”[8] Entonces, al carecer de un instinto natural que programe su unión con el partenaire adecuado, el ser hablante se pierde entre significantes que sólo remiten a su propio goce.

Pasemos entonces al parelelismo entre el virus que describe Burroughs y la noción freudiana de pulsión de muerte. En El malestar en la cultura (1930), el psicoanalista vienés formula una definición habiendo deducido que “las pulsiones no podrían ser todas de la misma especie”[9]. Nos dice Freud: “ (…) además de la pulsión que tiende a conservar la sustancia viva y a condensarla en unidades cada vez mayores, debía existir otra, antagónica de aquella, que tendiese a disolver estas unidades y a retornarlas al estado más primitivo, inorgánico. De modo que además del Eros habría una pulsión de muerte; (…) aun en la más ciega furia destructiva, no se puede dejar de reconocer que su satisfacción se acompaña de extraordinario placer narcisista, pues ofrece al yo la realización de sus arcaicos deseos de omnipotencia.” [10]

La civilización, afirma Freud, es resultado de los esfuerzos de la pulsión de vida o el Eros por imponerse a la pulsión de muerte: “(…) la tendencia agresiva constituye el mayor obstáculo con que tropieza la cultura (…) la cultura sería un proceso particular que se desarrolla sobre la Humanidad (…) un proceso puesto al servicio del Eros, destinado a condensar en una unidad vasta, en la Humanidad, a los individuos aislados, luego a las familias, las tribus, los pueblos y las naciones. (…) Pero (…) la hostilidad de uno contra todos y de todos contra uno, se opone a este designio de la cultura. (…) el sentido de la evolución cultural (…) por fuerza debe presentarnos la lucha entre Eros y muerte, pulsión de vida y pulsión de destrucción, tal como se lleva a cabo en la especie humana.”[11]

Esta pulsión de muerte encontró en efecto uno de sus hitos más peligrosos en el uso de la energía atómica con fines bélicos a partir de la Segunda Guerra Mundial. Freud falleció antes de la eclosión del hongo nuclear, pero si revisamos su carta a Albert Einstein fechada en septiembre de 1932, destaca su capacidad de anticipación a la futura barbarie: “(…) la guerra en su forma actual ya no ofrece oportunidad alguna para cumplir el viejo ideal heroico, y debido al perfeccionamiento de los medios de destrucción masiva una guerra futura significaría el exterminio no solo de uno de los contendientes sino de ambos.”[12]

Si nos trasladamos a la ficción audiovisual, más allá de los filmes que trataron el temor a una guerra atómica entre superpotencias o los que mostraron un mundo devastado [13], fue el realizador David Lynch quién hace apenas tres años volvió a situar la bomba nuclear como producto absoluto de la pulsión de muerte. Concretamente, en el capítulo 8 de la tercera temporada de Twin Peaks (2017). Este episodio ha sido considerado por su carácter rupturista como un acontecimiento en la historia de las series televisivas o en streaming.

En su octavo segmento, la serie corta con la trama que nos venía mostrando para situarnos inesperadamente en la prueba nuclear del 16 de julio de 1945 en el desierto de Nuevo México. Menos de un mes después serían lanzadas las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki.

Después, el marcador se acelera y saltamos al 5 de agosto de 1956. Casi once años después del horrible evento que puso fin a la Segunda Guerra Mundial.

Aparecen en el desierto unas figuras. Son unos mendigos de aspecto aterrador. Uno de ellos detiene un coche en la carretera. Pregunta una y otra vez al conductor del vehículo ¿Tienes fuego? [14] con voz demoníaca. El coche se aleja a toda velocidad del mendigo.

A continuación, este pavoroso personaje irrumpe en una radio. Repite la misma pregunta a quien se le cruza, y ya adivinamos que tal interrogante no busca una contestación. El mendigo toma el control de la emisora, interrumpiendo la canción romántica que una adolescente escuchaba tras recibir el que quizá fuera su primer beso. Frente al micrófono del locutor, el mendigo repite una letanía que genera el desfallecimiento de los oyentes:

Esta es el agua y este es el pozo. Bebe hasta saciarte y baja. El caballo es el blanco de los ojos pero oscuro en su interior.” Como los supervivientes que habrían fundado la sociedad occidental según Burroughs, este mendigo surge tras una explosión atómica para hacer el mal como si estuviese poseído por una fuerza superior que dirigiera sus pasos. Unos pasos que le conducen a una emisora de radio donde propagar el virus del lenguaje, un mensaje fuera de sentido con terribles efectos sobre los cuerpos de quienes lo escuchan.

Sin embargo, hay diferencias entre la visión de Burroughs y la de Lynch.

Usando los moldes del informe científico o los del mito, Burroughs trata de simbolizar los acontecimientos traumáticos de la época en la que le tocó vivir -la barbarie atómica, el clima de desconfianza tras el escándalo que forzó la dimisión del presidente Nixon-. Al concebir enteramente la civilización occidental como poseída por un virus que empuja a hacer el mal, Burroughs acierta en gran medida. Pero no tiene en cuenta que, como viene a recordarnos Freud, no hay sociedad sin Eros que llame a cierto lazo entre sujetos por una identificación común. Las sociedades tratan de mantenerse a flote en su perpetuo combate entre pulsiones de muerte y pulsiones de vida. Qué bando ganará, como concluye Freud en El malestar en la cultura, es una pregunta sin respuesta. Para mal y para bien.

Podemos decir que Lynch es freudiano en ese sentido, y el uso de encarnaciones tan radicales del mal en Twin Peaks funciona como oposición a figuras mucho más luminosas [15]. La insistencia de Lynch en la pureza del amor adolescente -también visible en el capítulo 8-,  así como su querencia por personajes que funcionan como símbolos de cierta justicia y equilibrio, confirman que también en su serie predomina una disputa entre pulsiones de vida y de muerte. Qué pulsiones vencen es objeto de otros ensayos en los que no entraremos aquí.

Para concluir, y valga también como apuesta frente a la situación que estamos viviendo (actualmente el confinamiento ya no es total), quiero citar las últimas palabras del diario de Burroughs, escritas el día anterior a su muerte un dos de agosto de 1997, a causa de un infarto:

Amor, ¿qué es eso? El remedio contra el dolor más natural que hay. AMOR


[1] Se trata de un personaje ficticio del que Burroughs se sirve para exponer su teoría. También es mencionado en otra novela del autor, The Wild Boys (1971). Tengamos en cuenta que Burroughs estudió durante seis meses la carrera de medicina en Viena.

[2] Burroughs, W. La revolución electrónica (1970). Disponible en https://librosgeniales.com/ebooks/la-revolucion-electronica-william-s-burroughs/

[3] Recordemos el papel crucial que tuvo la palabra hablada en este caso, en tanto la existencia de conversaciones grabadas pudo demostrar la actividad delictiva que el presidente Nixon había perpetrado.

[4] Burroughs, W. La revolución electrónica (1970). Disponible en https://librosgeniales.com/ebooks/la-revolucion-electronica-william-s-burroughs/

[5] Si en la siguiente cita el lector echa en falta ciertas comas entre enumeraciones, sepa que no se trata de erratas sino del estilo de Burroughs, pues el texto es reproducido tal y como aparece en el original.

[6] Burroughs, W. ¡Exterminador!, Libros Crudos, España, 2014.

[7] Lacan, J. “El fenómeno lacaniano” (1974). Disponible en http://elpsicoanalistalector.blogspot.com/2009/05/jacques-lacan-el-fenomeno-lacaniano.html

[8] Ibid.

[9] Freud, S. “Tomo XXI: El porvernir de una ilusión, El malestar en la cultura, y otras obras (1927-1931)” en Obras Completas,  Amorrortu, Buenos Aires, 2012.

[10] Ibid

[11] Ibid

[12] “¿Por qué la guerra? Correspondencia entre Sigmund Freud y Albert Einstein” (1932). Disponible en https://resistencia-colombia.org/pdf/Correspondencia_Sigmund_FREUD_Albert_EINSTEIN.pdf

[13] Alrededor de los años 60 podemos situar filmes como On the Beach (Stanley Kramer, 1959) o Dr Strangelove (Stanley Kubrick, 1964). Respecto a las ficicones postapocalípticas, un ejemplo clave es Mad Max 2: The Road Warrior (George Miller, 1981) y sus dos secuelas.

[14] La traducción literal de la pregunta (Gotta light?) sería ¿Tienes luz?. Resuena el resplandor atómico.

[15] Como muchos otros autores han señalado antes, una de las constantes en el universo de Twin Peaks es la oposición entre bien y mal, luz y oscuridad, que muchos personajes representan: el agente Cooper y su doppelgänger sería un buen ejemplo.

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