Tendiendo puentes entre el psicoanálisis y la ciudad

J.G Ballard: Pasajes del pasado futuro

El escritor británico James Graham Ballard nació en Shanghai en 1930. Tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, fue internado junto a sus padres en un campo de prisioneros en el que permaneció de 1943 a 1945.

En efecto, a finales de agosto de ese último año, los militares japoneses han huído del campo ante la inminencia del fin de la guerra, abandonando a su suerte a los prisioneros. Ballard, que tiene entonces quince años, decide salir del campo sin decírselo a sus padres para ir caminando hasta Shanghai.

Va a tener entonces lugar una escena traumática que Ballard narrará en una autobiografía novelada –La bondad de las mujeres– y en su autobiografía oficial –Milagros de vida-.

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El adolescente James llega hasta una estación de tren abandonada tras dejar atrás el campo de prisioneros. Allí advierte a un grupo de soldados japoneses armados y abastecidos que han atado a un poste con trozos de hilo telegráfico a un joven chino.  Uno de los soldados japoneses está matando lentamente de asfixia al chino mediante la presión que los cables ejercen sobre su caja torácica. Ballard pretende pasar de largo, pero un soldado le hace señas para que se acerque. Al militar le ha llamado la atención el cinturón de celuloide que el joven lleva puesto. Sintiéndose amenazado, Ballard regala el cinturón al oficial. Mientras el prisionero chino agoniza, el futuro escritor decide permanecer quieto junto a los soldados, temeroso de que también le asesinen.

En palabras del propio Ballard:

Decidí que era mejor no escapar; no había adónde ir y los japoneses me matarían sin pensárselo dos veces. (…) El chino del poste había dejado de respirar y supe que iba a morir pronto (…) Cuando el último aliento abandonaba su pecho aplastado, el chino miró furiosamente al cabo como si le viera por primera vez. (…) Una hora después me dejaron marchar. Nunca entendí por qué habían permitido que un chico de quince años presenciara el asesinato del chino. “ [1]

El chino no era la primera persona a la que yo veía cómo mataban, pero desde 1937 Shanghai había vivido en estado de guerra, y se suponía que la paz ya había llegado a la desembocadura del Yangtsé. Sin embargo, era lo bastante mayor para saber que aquel pelotón japonés había llegado a un punto en que la vida y la muerte ya no significaban nada para ellos. Sabían que sus vidas concluirían dentro de poco y que tenían libertad para hacer todo lo que quisieran e infligir todo el dolor que desearan. Comprendí que la paz era más inquietante porque las normas en las que se había basado la guerra, por terribles que fueran, se habían suspendido.” [2]

El paso de la convivencia en un campo de prisioneros -donde los reos británicos habían creado su propio microcosmos- a presenciar inesperadamente un asesinato cruel y arbitrario parece dejar al adolescente Ballard suspendido en el tiempo, en una suerte de futuro que no es presente. Del retorno a su casa familiar tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, podrá decir: “Pero pese a tanto movimiento, yo me sentía marginado, como si hubiera atracado en un futuro que me era desconocido. Habían ocurrido tantas cosas que aún no había sido capaz de olvidar ni recordar”. [3]

Puesto que la paz le resulta mucho más inquietante que la guerra, para Ballard el sujeto de la sociedad del bienestar de los años 60 y 70 asiste a la barbarie como espectáculo a través de la imagen televisiva. Los mismos códigos visuales rigen tanto la publicidad y los programas de entretenimiento como la filmación del asesinato del presidente Kennedy o las terribles escenas de bombardeos en Vietnam. La televisión desrealiza las atrocidades, atenuando los efectos sobre el espectador.

En su obra literaria, Ballard va a plantear la irrupción de lo traumático como aquello que permitirá al sujeto abandonar su posición de espectador pasivo de la barbarie, lo que tendrá unos efectos liberadores para él al despertarle fortuitamente del embotamiento de la pantalla televisiva. Efectos liberadores que no serán sin que el sujeto obtenga un saber sobre sí mismo, sobre su naturaleza pulsional.

En la novela más célebre de Ballard, Crash (1973) [4], el acontecimiento traumático liberador viene representado por los accidentes de coche, a partir de los cuáles un grupo de hombres y mujeres establecerán relaciones en las que el sexo y la muerte resultarán inseparables.

Dos  años después, el escritor británico publica Rascacielos, novela en la que los habitantes de un sofisticado bloque de viviendas irán perdiendo toda capacidad de convivencia en una serie de actos cada vez más extremos, hasta llegar a instalarse en el salvajismo. Aquí Ballard va un paso más allá: los efectos del trauma desencadenan el germen de un nuevo orden social en el escenario representado por el rascacielos. Desmantelada la pantalla del confort, lo que queda es un sujeto primitivo, entregado a la pulsión de muerte. Sin embargo, la visión de Ballard está más cerca de la ironía que no de cualquier catastrofismo moralista.

La adaptación al cine de Rascacielos, dirigida por Ben Weathley en 2015, se abre con unas escenas que muestran cómo el protagonista de la historia que va a narrarse en flashback, el doctor Robert Laing, se ha entregado a la barbarie haciendo cosas como alimentarse de un perro. Una voz en off dice: “A veces le resultaba difícil no creer que estaban viviendo en un futuro que ya había tenido lugar.”

Resuena aquí ese “futuro desconocido” del adolescente Ballard tras su regreso a Shanghai. Ese salto de los tiempos de guerra a los de paz que el escritor en ciernes, traumatizado por haber visto demasiado y demasiado pronto, aún no ha sido capaz de subjetivar.

En el último tramo de su obra, Ballard ya no trazará en sus historias un arco del confort al salvajismo en un microcosmos artificial sino que directamente presentará el trauma como el insólito motor de vida de una comunidad. En Noches de cocaína (1994), los miembros más poderosos de una urbanización en la Costa del Sol cometen en la sombra crímenes para mantener activa la vida social de los vecinos y evitar que se aletarguen frente a la televisión por satélite. El robo, el asesinato y la agresión sexual son las vías para reconducir un futuro inminente de prejubilados encerrados perpetuamente en sus chalets hacia un futuro alternativo de goce ilimitado, representado por las noches de cocaína que -como una profecía- titulan la novela.

Lacan sitúa en el Seminario 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis al trauma como un encuentro con lo real, al que denomina tyche siguiendo a Aristóteles. Matiza el psicoanalista Mauricio Tarrab: “[…] el Seminario 11 en que Lacan empieza a trabajar el trauma como un nombre de lo real, situándolo como lo inasimilable al campo del principio del placer, mostrando que el trauma no viene de “la realidad” sino que es eso que irrumpe como extraño al funcionamiento de esa “homeostasis subjetivante” que hoy llamaríamos, con el último Lacan, el campo del sentido.” [5]

En el relato de la escena en la estación de tren abandonada, Ballard acusa el impacto de lo que queda fuera de sentido –“Nunca entendí por qué habían permitido que un chico de quince años presenciara el asesinato del chino”-. La conmoción y el  desconcierto que acompañan al adolescente Ballard a su regreso a Shanghai tras haber presenciado el asesinato tiene eco a lo largo de su obra posterior. A la luz de esta escena, podemos pensar la narrativa de Ballard como el testimonio de un sujeto al que el confort de una vida burguesa no le funcionó para velar la barbarie latente en la sociedad del bienestar. Una barbarie de la que fue directamente testigo en el impasse entre la guerra y la paz. Ballard hallará en la escritura un tratamiento para ese horror que no había encontrado en la ciencia ni en los medios de comunicación.

Los personajes del escritor británico se mueven inmersos en un tiempo postraumático, en un futuro que ya parece haber tenido lugar precipitado por eventos cuyas consecuencias no han sido subjetivadas todavía. Les espera pues la llegada de un nuevo orden, quizá imprevisible pero sin lugar para la nostalgia.

Y aquí podemos concluir con una afirmación del propio Ballard: “En general, mi obra está colmada de escombros de estas mitologías terminales, de piscinas vacías, hoteles abandonados, basura tecnológica, silencio y desiertos; no son imágenes del principio, son imágenes de una mitología terminal. Y los finales son también los comienzos de las ulteriores etapas del desarrollo.” [6]

 

Notas

[1] Ballard, J.G, “La bondad de las mujeres”, Random House Mondadori, 2008, Barcelona.

 [2] Ballard, J.G, “Milagros de vida: una autobiografía”. Random House Mondadori, 2008, Barcelona.

 [3] Ballard, J.G, “La bondad de las mujeres”, Random House Mondadori, 2008, Barcelona.

 [4] Que en 1996 dio lugar a una inquietante adaptación cinematográfica a cargo de David Cronenberg.

 [5] Tarrab, Mauricio, “La insistencia del trauma” en Belaga, G. (compilador), La urgencia generalizada 2: Ciencia, política y clínica del trauma, Grama ediciones, 2005, Buenos Aires. 

 [6] Ballard, J.G, “Para una autopsia de la vida cotidiana. Conversaciones”. Caja Negra, 2013, Buenos Aires.

 

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