Tendiendo puentes entre el psicoanálisis y la ciudad

La primera acogida desde un servicio de atención a mujeres de orientación lacaniana

El Safareig ofrece servicios especializados en el abordaje de las violencias machistas para diferentes administraciones. La entidad ha pensado su modelo de atención durante los últimos 15 años desde la reflexión de la demanda de las mujeres, la escucha del malestar asociado al género y la feminidad, la supervisión de los casos y el marco institucional. El servicio de primera acogida que precede a la atención psicológica para las mujeres, es un dispositivo de escucha de 4 o 5 sesiones al que llamamos Consultoría. Este espacio de primera acogida, dentro del modelo de atención constituye la puerta de entrada al servicio, la demanda expresada por la mujer es escuchada y la consultora deriva a la abogada, a la psicóloga de mujeres y/o a la psicóloga infantojuvenil, o a servicios externos.

Tras 12 años en la función de consultora, me pregunto en qué medida, la consultoría, sin ser un dispositivo de tratamiento clínico, podemos decir que es un servicio de escucha orientada por el psicoanálisis lacaniano en la actualidad. Este servicio que se inició desde una escucha sin más orientación que la del significante “perspectiva de género” o el de “feminismo” se ha ido dirigiendo a una escucha cada vez más orientada por el psicoanálisis lacaniano aunque sin renunciar por ello a estos primeros significantes. Y entonces, ¿qué es lo que habría cambiado y qué tipo de escucha se ofrece?

La creación de un servicio desde el movimiento feminista

La reflexión, la investigación, la reivindicación y la acción política motivaron en los 90’ a este grupo de mujeres feministas de Cerdanyola, fundadoras de la associació El Safareig, a crear un servicio para mujeres que atendiera los malestares basados en el género. Las condiciones materiales y sociales de las mujeres en desigualdad con respecto a los hombres era el factor explicativo del malestar diferencial que se estudiaba en aquella época. La sociologa María Jesús Izquierdo tituló a una de sus publicaciones haciendo un guiño a Freud [1], El malestar en la desigualdad [2].  La erradicación de las violencias contra las mujeres ha sido vindicada por el feminismo teórico y por el movimiento social como mínimo desde la Revolución Francesa donde algunas mujeres reflejaron en los Cuadernos de Quejas su denuncia a la violencia intramarital. En España en los ’70 y ’80  en la agenda política feminista uno de los temas más preocupantes eran las agresiones sexuales y físicas contra las mujeres.

Izquierdo [3] insiste en que si tomamos la violencia en la pareja, concretamente la violencia física, el símbolo más brutal, como el problema y se intenta atajar sin tener en cuenta lo que representa (la estructura de desigualdad), estaremos tratando el síntoma sin llegar a la raíz del problema. Con la metáfora de la violencia de género como la espuma del café que pude escuchar en una ponencia suya, señala lo superficial y sintomático, de lo que para ella es la cuestión de fondo: la explotación.

Fruto de la concepción del momento que señalaba a la sociedad desigual basada en el orden simbólico del patriarcado, se apostó por una escucha más social con la idea de evitar la psicopatologización de las mujeres. Tanto el movimiento feminista como la corriente de pensamiento de la antipsiquiatría [4] habían desconfiado de la psiquiatría y de la psicología como instrumentos de control y dominación social al servicio del patriarcado. La consultora seria una profesional procedente del ámbito de las ciencias sociales con formación en las teorías o perspectiva de género y escuchaba a una mujer durante un tiempo indeterminado, 2 o 3 años y después derivaba o no a la psicóloga. Era evidente que la atención psicológica no ocupaba un lugar principal en la configuración del servicio en estos primeros tiempos. Este si podemos afirmar que es uno de los principales cambios, el lugar que ocupa hoy el  tratamiento psicológico dentro del modelo de atención.

Revisando el modelo de atención

Cuando el equipo actual revisamos el funcionamiento del modelo de atención a partir del 2007, en un momento de relevo generacional de la entidad, nos preguntamos por el sentido de la consultoria. Las respuestas ayudaron a reformular este servicio, apuntando a un modelo más acotado con un máximo de entre 5 o 6 sesiones de frecuencia semanal o quincenal, unos objetivos de trabajo y unos criterios de derivación algo más claros y abiertos a la reflexión. El primer interrogante del equipo en aquellos años fue plantearse hasta qué punto la teoría política feminista era suficiente para acompañar a las mujeres en el proceso de recuperación de haber vivido violencia en la pareja. Seguramente, un servicio con una mirada muy politizada y poco clínica, podría correr el riesgo de “evangelizar” más que atender la particularidad de cada sujeto.

Es decir, la perspectiva de género tomada como un nuevo discurso del amo, como el único requisito para la escucha, puede traer un saber homogeneizador que diga a la paciente cómo vivir, sostenida por la creencia de ser “por su propio bien”.

Más allá de lo que espera cada mujer encontrar en un servicio relacionado con significantes tales como violencia machista, género, mujer, derechos, víctima, se trata de facilitar que sean ellas las que expresen y nombren su malestar. El acento puesto en la emergencia del sujeto en su singularidad ha orientado a las consultoras a hablar menos y a dejar hablar más; no ha sido tan importante dar información y consejo como se podía entender en un inicio, de ahí el nombre de Consultoría, como la escucha del malestar uno por uno. La consultoría como espacio de acompañamiento activo, a diferencia de la atención psicólogica, tiene una actitud proactiva y se coordina con los agentes de la comisión del protocolo de actuación municipal en violencia machista (servicios sociales, Mossos d’Esquadra, policía, servicios sanitarios, etc.) con mayor frecuencia. Este tipo de actuaciones se realizan con el consentimiento de la mujer y en circunstancias concretas, ya que se procura que sea ella la que haga la demanda a los demás servicios para evitar intervenciones paternalistas. Cuando la mujer se hace alguna pregunta sobre su posición subjetiva en la relación de violencia, se interroga por la responsabilidad que tiene en aquello que le pasa y que escoge, es el momento de pasar a la atención psicológica. En este espacio clínico, ahora sí, la mujer que lo desee puede trabajar sobre cómo aquello social se inscribe en el sujeto de manera particular y elaborar un saber sobre si misma que le permita hacerse nuevas preguntas.

Hacer consistir la demanda

La demanda que escucha la consultora en un servicio de atención municipal a mujeres es muy variada y casi nunca consiste en iniciar un análisis de diván. Al psicoanálisis se llega cuando hay transferencia y esta, en este tipo de servicios, podemos pensar que se produce con la institución o con las personas que se encuentran y las atienden. La divulgación de la problemática y las políticas de prevención han ayudado a la mayor conciencia social y al consenso en la nomenclatura como problemática social, esto explicaría, que en los últimos años las mujeres vengan con un significante asociado a lo que les pasa, la violencia machista. Además de este cambio en la manera en que se nombra el malestar concreto, también ha cambiado la manera desde la que escuchamos las consultoras la posición de víctima. La perspectiva más social y política en la atención desde la consultoría de los inicios se encargaba de identificar la condición de víctima. Este reconocimiento como víctima dirigido a la usuaria que relata una situación de violencia conyugal, era desde esa perspectiva inicial suficiente ya que era el camino a seguir para ayudarla a desculpabilizarse al situar el problema en lo social. Desde la consultoría actual, no es suficiente. Aunque en algunos casos sigue siendo una demanda el ayudar a “identificar la violencia en la pareja”, en otros casos puede ser hasta contraproducente si solo se refuerza la posición de víctima. Lo importante es que la etiqueta de mujer maltratada caiga en algún momento y, sería entonces cuando se debería producir el cierre del paso por la entidad.

La consultora finalmente, tiene en cuenta la dimensión social de la violencia machista y apunta a la pregunta por su implicación en lo que vive o ha vivido, de manera que promueva el análisis de su agencia y la búsqueda de soluciones por ella misma. Esta figura no ha de buscar la rectificación subjetiva, es suficiente con que introduzca de alguna manera la dimensión de la causalidad psíquica. El objetivo de la consultoría seria entonces hacer consistir la demanda, ponerla en forma.

Notas.

[1] Sigmund Freud (1929). El malestar en la cultura.

[2] Mª Jesús Izquierdo (1998), El malestar en la desigualdad. Editorial Cátedra, Madrid.

[3] Mª Jesús Izquierdo. Quaderns de Psicología, ISSN 0211-3481, Vol. 12, Nº. 2, 2010 (Ejemplar dedicado a: Desigualdades de género en “tiempos de igualdad”. Aproximaciones desde dentro y fuera de la/s psicología/s), págs. 117-129.

[4] La anti-psiquiatría como movimiento contra-hegemónico pone en cuestión no solamente las instituciones asilares psiquiátricas sino que denunciaban “el carácter opresivo de la psiquiatría al interior de la sociedad, haciendo visible la denuncia de esta disciplina como una ideología de control social para la adaptación al orden establecido…” (fragmento extraído de Teoría y Crítica de la Psicología 8 (2016), 169-192.)

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