Tendiendo puentes entre el psicoanálisis y la ciudad

La subjetividad, ¿es un estorbo?

Parece que hoy en día no hay espacio ni tiempo para detenerse en charlatanerías. Se debe responder a los malestares de la ciudadanía de manera eficaz y veloz sin dejarnos dispersar por la palabra del otro que siempre nos lleva a un camino incierto. Es necesario recoger datos, fechas y sucesos para irlos situando en el cuadro clínico adecuado. Comparar, resaltar y aislar signos combinándolos en un cuadro clínico nos va a permitir objetivarlo para así nombrarlo y clasificarlo.

Desde esta lógica, los profesionales deben confrontar su saber acumulado como información a estos signos que recoge.  El signo remite a algo conocido que se encuentra como saber archivado en la memoria del terapeuta. El saber queda entonces absorbido por el conocimiento objetivo.

 

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Tal es el acto contemporáneo del diagnóstico: comparar los signos recogidos con el grupo de aquellos que configuran una patología, una enfermedad, cuyo origen, desarrollo y futuro es la repetición estadística. No hay ambigüedad en la interpretación del profesional. Habría una relación de especificidad entre el signo y sus consecuencias.

Ahora bien, ¿qué sucede con lo que no hace signo? O, ¿qué sucede cuando la naturaleza del reclamo del llamado a ser paciente se pulveriza en el lenguaje estadístico cuando de hecho se ha organizado en su cuerpo, el de la lengua? Por otro lado, ¿Es realmente posible “observar” el sufrimiento?

Por último, ¿Por qué molesta tanto el sufrimiento a la sociedad que nos empeñamos en clasificarlo y erradicarlo?

Es sobre la base de estos elementos, y tendiendo a destacar la dimensión subjetiva que constituye el proceso mismo de enfermar y su reconocimiento, que se ubica el concepto de sufrimiento psíquico, como categoría diferenciada de la enfermedad. Freud (1929) va a utilizar la noción de sufrimiento para describir las situaciones que conspiran para que los hombres alcancen la felicidad. Los seres humanos aspiran a la felicidad, quieren llegar a ser felices, pero tal fin no se presenta tan fácilmente.

Freud señala que el sufrimiento amenaza a los hombres desde tres sitios: desde el propio cuerpo, sujeto a la decadencia; desde el mundo exterior, es decir las fuerzas de la naturaleza que pueden ser destructoras e implacables; y desde los vínculos con otros seres humanos. Tres inevitables fuentes de sufrimiento que acorralan al sujeto en su incesante búsqueda de felicidad.

Queda claro que la cuestión del sufrimiento nos obliga a correr la mirada de la enfermedad hacia el sujeto. Y si de mirada se tratara, aquel que quiera observar al sujeto, como sostiene Miller, “jamás lo encontrará”. Y jamás lo encontrará porque, justamente, el punto subjetivo, en la medida en que se sitúa respecto del inconsciente, es un punto de no reconocimiento.

Entonces… ¿Cómo se procede ante un sujeto que sufre?

 Desde la lógica del “protocolo” podríamos pensar que no se abren espacios para que algo del sufrimiento singular se despliegue. Desde este punto de vista, lo principal estaría en dirección a erradicar el agente de sufrimiento, cuando no el sufrimiento mismo, para así restituir el bienestar que antes tenía. En otras palabras, podríamos decir que la terapéutica consistiría en agregar lo que falta o quitar lo que sobre a un cuerpo cuya normalidad está establecida.

Lo que está claro es que por más empeño que pongamos en objetivarlo y erradicarlo, el sufrimiento persiste, y persiste porque es constitutivo del ser humano. Dicho de otra manera, el psicoanálisis constata que el sufrimiento es constitutivo del sujeto en tanto sujeto de la falta. Podemos definir el síntoma, en psicoanálisis, como una transacción entre el deseo de colmar la falta que lo causa y los efectos de la fantasía en la cual el deseo se sostiene. Todo lo que agreguemos allí para cubrir esta falta solo nos hará sintomatizar.

El abordaje del sufrimiento desde la clínica psicoanalítica va a contracorriente no solo con lo descrito al comienzo del texto sino también con ciertos tiempos que corren (o, mejor dicho, con el “no-tiempo” que corre).  El encuentro terapeuta-paciente se ha transformado en un encuentro fugaz, corto y siempre mediado por alguna tecnología, o por cuestionarios a rellenar. Esto lleva a dejar de lado, o en un segundo plano, la palabra misma (Ubieto, 2012).

Si nos remontamos a Freud podemos rastrear cómo, en sus comienzos, él se pone al servicio de la palabra dejando de lado su formación como médico neurólogo. La posición médica, donde el saber está del lado del médico y el paciente es el objeto sobre el cual se lo aplica, hubo de caer para que  pudiera aparecer una nueva forma de escuchar. Esto quiere decir que Freud tuvo que situarse de manera tal ante su paciente con el fin de no obstaculizar el discurso del inconsciente. Tuvo que dejarse enseñar por él. Es la Sra. Emmy von N., cuyo historial es el segundo en la serie de los Estudios, quien reclama: “¡Déjeme hablar!”. Freud aceptó ese reto y situó así el saber del lado del sujeto.

La obra de Freud en su totalidad es una prueba de esta posición ya que, como él nos enseña, es el caso el que nos permite avanzar en la teoría y no a la inversa, como se observa hoy en día: cuando se pretende imponer la teoría al caso dando lugar a un diagnóstico. 

Por lo tanto, desde esta lógica, partimos desde un “no saber”: es el sujeto quien nos va a enseñar el recorrido a seguir. Esta ignorancia de la cual partimos tiene, como sostiene Miller (2006), una función operativa en la experiencia analítica. Es decir, no se trata “de la ignorancia pura sino de ignorancia docta, de la ignorancia de alguien que sabe cosas, pero que voluntariamente ignora hasta cierto punto su saber para dar lugar a lo nuevo que va a ocurrir. (…) La función operativa de la ignorancia es la misma que la de la transferencia, la misma que la de la constitución del sujeto supuesto Saber. El sujeto supuesto Saber no se constituye a partir del saber sino que se constituye a partir de la ignorancia. A partir de esa posición el analista puede decir, o hacer entender, que no sabemos con anterioridad lo que el paciente quiere decir, pero suponemos que quiere decir otra cosa (…)

El descubrimiento freudiano comienza en el límite en que el discurso médico encuentra su borde y el sufrimiento persiste. La insistencia de la queja y la repetición del síntoma interpelan al profesional en su saber, y lo emplaza escuchar. Es un reclamo que se hará desde la palabra. Es una interpelación, una demanda. De este sufrimiento es del que se ocupa el psicoanálisis.

Ahora bien, para que en la clínica algo del discurso del inconsciente circule es necesario una condición previa: la instauración de la transferencia. Por lo tanto, reparando en el título de este texto, no solo la subjetividad sería un estorbo para el empuje a curar, sino que también lo es la transferencia: el vínculo que un paciente mantiene con aquél que atiende su padecimiento. Freud (1912), así la teorizo cuando sostuvo que la transferencia se presentaba como un obstáculo y como motor de la cura al mismo tiempo. La transferencia, como concepto, se fue construyendo, al igual que toda la teoría freudiana, a partir de la práctica.

 En el texto “Sobre la dinámica de la transferencia”, Freud nos dice que “en el análisis la transferencia se nos sale al paso como la más fuerte resistencia al tratamiento”. Entonces, ¿Qué se esconde detrás de esa resistencia? Freud supo que esa exteriorización de la transferencia como resistencia nos estaba diciendo algo más que nos lleva nuevamente a la cuestión del sufrimiento. Es decir, hay algo en el sujeto mismo que no busca el bienestar y que está en relación con lo que va a llamar, más tarde, pulsión de muerte.  

Por lo tanto, ¿No estaremos yendo en contra del sujeto si nuestra mirada, desde el comienzo, se dirige a “eso que falla”?

 

Bibliografía

Freud S. (1929). El malestar en la cultura. Obras Completas de Sigmund Freud, tomo XXI. Buenos Aires: Amorrortu, 1998.

Freud, S. (1912). Sobre la dinámica de la transferencia. Obras Completas de Sigmund Freud, tomo XII. Buenos aires: Amorrortu, 1998.

Freud, S; Breuer, J. (1895). Estudios sobre la histeria. Obras Completas de Sigmund Freud, tomo II, Buenos Aires: Amorrortu,  1998.

Miller, J.-A. (1997) Introducción al método psicoanalítico. Barcelona: Paidós.

Ubieto, J. R. (2014). La construcción del caso en el trabajo en red. Barcelona: UOC.

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