Tendiendo puentes entre el psicoanálisis y la ciudad

Puerto Lagarto

¿Quieres destrozarle la vida a un joven?
Llévalo a Puerto Lagarto.
  

Siguiendo la costa del Pacífico desde Lázaro Cárdenas, pasada la
ciénaga, esa espantosa zona afectada por los derrames de
vertidos tóxicos de los sesenta, se llega a un espacio fuera del
espacio, donde el tiempo se comba, y en lugar de transcurrir, se
orilla a un margen, y se estanca. Un estanque de tiempo en un
lugar perfectamente ubicuo, pero por todos eludido; el dedo
nunca se detiene en un mapa sobre la mancha de Puerto
Lagarto. Podría afirmar: “la carretera serpentea de tal enfermizo
modo que cuando se llega ya no se quiere volver a salir”, pero sé
que solo lo haría en un sentido retórico. Lo cierto es que si no
se quiere volver a salir de aquí es porque Puerto Lagarto casi es
el paraíso.

arena

Esa carretera del diablo descompone a cualquiera, de acuerdo, incluso a mí, que a mis treinta y dos años, época en la que naufragué en Puerto Lagarto, era un bombón que restallaba vida, pero ¿tan solo es una carretera?  Es extraño decirlo, y oírme decirlo: no fui consciente de ese malestar hasta pasadas varias semanas. Entonces, la huella permanecía, aunque solo lo hiciera en la piel de mi confusa mente. Ay de mí. Todavía no sabía que el extraño discurrir del tiempo en Puerto Lagarto se encargaría de que esa marca se fuera ahondando más y más y más y más.

Recuerdo la espléndida mañana en que me subí al bus en Lázaro Cárdenas, rumbo al sur. Partimos ―es un decir, porque no recuerdo otros viajeros a bordo― de estupendo humor y, tras un sueñito de varias horas, arribamos en una nube de enfermedad que vino a disolverse en la atmósfera de la población. No sé si es una fabulación: pero al descender, por encima del malestar que se manifestaba en mi cuerpo de múltiples formas, creo que tuve una intuición. ¿De haberle hecho caso algo sería distinto? No sé, como que presentí lo peor. Así tal cual: un ‘sal corriendo’. Lo que no presentí fue que lo peor no siempre tiene el aspecto monstruoso al que nos tienen acostumbrados las películas. De vez en cuando, aquí a menudo, lo peor se viste de mar prístino, de sol dorado y benigno, de susurro de palmeras con la brisa de la tarde, y en la mano derecha una cerveza bien fría.

Cuando a la mañana siguiente de una tremenda parranda desperté sin el menor rastro de resaca, me creí de vuelta en los veinte. Era al día siguiente de mi llegada. Había hecho amigos esa misma tarde, recién bajada del bus, en el café donde me senté a preguntar por un hostal económico cercano. Sucedió una de esas casualidades que a quien lleva años metida en una ciudad subyugada a una rutina anodina le parece demasiado buena para ser real. Luego, al adaptarte a Puerto Lagarto, una se termina por acostumbrar a lo fabuloso. Mi caso fue de los primeros: solía considerar normal el no haber conocido a nadie nuevo desde que salí de la facultad. También me había resignado a ver incrementada mi inherente dificultad para alcanzar el orgasmo, así como los inconvenientes más peregrinos interponerse entre yo y mis aficiones, de modo que la grisura no solo era el pan de cada día, sino que ya me asustaba cualquier idea que atentara contra ella. ¿Qué por qué llegué a Puerto Lagarto? Fácil. En pocas palabras: Ofertón. Vacaciones en la Playa de Puerto Lagarto. Y sí, vine sola.

Como iba diciendo, esa casualidad maravillosa inauguró en mí el ánimo de predisposición al milagro que tanto tiempo habría de perdurar, el preciso para arruinarme la vida. En ese café del que os hablaba conocí a un tipo moreno y atlético, y que también resultó ser muy simpático. Se dio la vuelta, estaba sentado tomándose un café, y me dijo “oh, qué casualidad, yo trabajo en la recepción de uno, aquí mismo, cerca del malecón, y está bastante barato”. Él mismo me acompañó, me mostró la habitación ―con vistas al mar y ventilador―, y añadió que no me preocupara por el importe, que ya lo veríamos en cuanto me fuera. No atendió a mi “¡pero si solo estaré cinco días!”. Dibujó una sonrisa teatralmente mefistofélica que no me asustó y, acto seguido, cerró la puerta de la habitación mientras susurraba: “con permiso…”.

Una vez hube abierto el equipaje y colocado la ropa en cajones y perchas, me puse un modelito fresco y bajé a recepción. “Me llamo Trigger”. Un nombre perfecto para un tipo musculado de piel bronceada como él. Ya antes me había dado cuenta de que era magnético, pero no tanto. Sonreí, me toqué el pelo y sin decirle mi nombre salí a caminar. Sentí el tacto de su mirada recorriendo la accidentada orografía de mi cuerpo. “¡Increíble!”, pensé. “¡Qué hombre!”. El sol, a su vez, caía con una dulzura caliente sobre mis piernas, despertándome un sentimiento de exuberancia que exacerbaba mi feminidad. Con la mirada de Trigger, y ese sol turgente, me sentí una leona voraz de vida, sol y hombres. Apenas a algunas horas de haber estrenado la época vacacional, y ya no podía creer el tipo de vida que había estado llevando durante los últimos años. Así trabaja Puerto Lagarto en uno: hace que otro tipo de vida resulte repugnante. No sé si a esas alturas ya sabía que nunca me iría, pero sí sé que, si no era el caso, la única razón que lo explica es que no me había detenido a pensarlo. Nunca mis sentidos habían estado tan agradecidos de percibir la realidad que me rodeaba. Todo era bonito. Me sentía estupendamente; sana y bella. Unos pasos más adelante, de golpe, un señor mayor ―a lo sumo treinta y cinco― me detuvo en seco, se quitó las gafas y sin asomo de vergüenza me dedicó: “señorita, es usted muy bonita”. Un policía que justo pasaba ―por lo demás, el único que se pasea por Puerto Lagarto―, añadió: “tiene razón, señorita”. El otro se volvió a poner las gafas tras un fugaz masaje en el tabique, y prosiguió su camino.

Casi estuve tentada de, en mi fuero interino, usar la palabra “Energía” para explicarme lo magníficamente que se portaba Puerto Lagarto conmigo. Mi formación filosófica, a tiempo, me censuró ―detalle que nos permite observar que yo aún era yo―. Conmovida, azorada, satisfecha con la vida, caminé el malecón. El mar, si bien de ida al hotel recordaba haberlo visto como una balsa de aceite, ahora bramaba a mi derecha. El sol brillaba en lo alto, pero no pude ver desde qué parte del cielo lo hacía. Calentaba sin abrasar; bronceaba sin quemar. Me detuve y observé las olas. Rompían con fiereza, lo normal, ¿no? En ese instante no me apercibí de un detalle del que ahora estoy absolutamente convencida: el viento no soplaba. Imposible, por supuesto. Sin embargo, el mar, ignorando que no había viento, estaba agitado y las olas desfiguraban la playa con un tesón que a un humano debía de inspirarle ojeriza, al menos cierta fijación hostil. ¿De las olas hacia la playa, hacia el malecón, hacia…? Sí, hacia Puerto Lagarto mismo. Aunque desde luego es demasiado tarde, consigno el dato como recabando el último placer que me está permitido: el conocimiento, inútil, pero conocimiento.

Regresé al café donde había conocido a Trigger. Media hora antes era un lugar tranquilo, que propiciaba la lectura y la reflexión, pero ahora, con la caída del sol ― ¿pero desde dónde? ― sonaba una música tropical que inyectaba burbujas de alegría en el aire. Desde la distancia, leí “Café Verde”. Me acerqué. Al trasponer el umbral, me di cuenta de que los tacones que llevaba eran inapropiados para el ambiente que reinaba en el lugar. Numerosas parejas bailaban descalzas la cumbia que sonaba en ese momento. Me quité las sandalias y no volví a verlas en toda la noche. Otros chicos conversaban acaloradamente en unas mesas apartadas en un rincón, también descalzos. Algunos iban descamisados, todos gozaban de una complexión atlética envidiable. Bueno, envidiable para los demás, me dije, porque yo, modestia aparte, hasta mi llegada a Puerto Lagarto siempre me había cuidado muchísimo. No fui de las que caen en la trampa que te tiende la juventud a los veinte, y que te asegura que siempre tendrás ese tipito aunque sigas tragando tacos como una cerda, y en cambio me supe forjar a base de rutinas de ejercicios de ocho a nueve de la noche. Al ver a esos muchachos, tan cuidados y bonitos, sentí un bienestar que se me antojó compartido. La gente se cuidaba; daba gusto verlos. ¿Qué política sanitaria llevaba a cabo el ayuntamiento de Puerto Lagarto? Ni la sombra de una sospecha enturbiaba mi percepción, más bien al contrario, los usualmente altos muros de mi escepticismo se vinieron abajo con las aguas de felicidad que no solo prometía la noche, sino que empezaron a salpicarme con abundancia y desmesura, incluso tan temerariamente que debería haberme inspirado peligro, pero que en cambio me dejaron ilesa. Enseguida alguno de esos tipos me invitó a un trago, y al siguiente, y al otro, y me sacó a bailar, momento en que descubrí que era una bailarina excepcional, y volví a sentir esa Energía fluyendo en todas direcciones, atravesando cuerpos, uniéndolos, volviendo a las plantas más verdes, carnosas y sugerentes, así como al aire más caliente y espeso. En algún punto de la noche tuve sexo sin protección con un tipo pelirrojo mientras fumaba ―yo que nunca he podido tragarme el humo―. Sabía, como nunca he sabido con tanta seguridad, que no pasaría nada de nada de nada, y que todo estaría bien. Más avanzada la noche, o tal vez un poco antes, tomamos drogas que nos indujeron un estupendo viaje. Ahora comparo la alucinación y la realidad de Puerto Lagarto, y con un horror que ya ha dejado de impresionarme, compruebo que no se diferenciaban en nada. Cuando nos cansamos de volar aterrizamos en la Tierra, o donde estemos, con un banquete y más alcohol que nunca pagamos. Y cuando salió el sol ― ¿pero por dónde? ― ya me encontraba entre las suaves sábanas de la cama de la habitación, perfecta dueña de mis facultades, y olorosa a lavanda aun no haberme metido en la ducha.

Madrugué tanto que más bien parece que mientras dormía volví atrás en el tiempo. Aún no había salido el sol, pero me sentía descansada, y con ganas de una ducha fría, un desayuno frugal, y salir a correr por el malecón. Así hice sin invertir el menor esfuerzo. En un banco encarado al mar, vi un tipo vestido con shorts y una camiseta de tirantes que le permitía lucir unos deltoides y dorsales turgentes y lujuriosos. Leía un librito fino. Enseguida supe que serían poesías. ¿Un tipo así con sensibilidad para el lirismo? Solo posible en Puerto Lagarto. En cuanto pasé frente a él, se puso en pie y empezó a hacer estiramientos sin dejar de leer. Movía los labios en silencio, como recitándoselos. Me dedicó un sutil gesto de mentón, muy familiar, que me hizo sentir parte de la comunidad. Con eso me invadió una explosión de bienestar y felicidad antes desconocidas, y esprinté hasta el fin del malecón. Apenas jadeaba cuando me detuve ―en verdad no jadeaba en absoluto, era más bien una acción refleja―. Había llegado hasta el extremo del pueblo: más allá se elevaban precipicios de decenas de metros, en cuyas cúspides se agitaban copas de árboles descomunales, cargados de fruta y pájaros cantarines. A mis espaldas, Puerto Lagarto.

No me pareció ni pequeño ni grande. El paseo marítimo tendría unos dos quilómetros, los suficientes para no ver su final desde la otra punta. La mayor parte de las casas eran de estilo colonial, bastante cuidadas, pero con el encanto de la decadencia. Nos encanta decir: este palacio plateresco está a punto de caerse, ¿no?, lo que no nos gusta es que se caiga. Inclusive el hipócrita encanto de lo viejo, al que exigimos funcionalidad, no ofende en Puerto Lagarto. Y como pude comprobar desde la punta del malecón, con el corazón ligeramente acelerado, aún dando saltitos y palmadas para no enfriarme, y haciendo “¡huh, hah, huh, hah!” con la boca abierta, el pueblo estaba lleno de ese tipo de edificios encantadores y con la anacrónica virtud del viaje en el tiempo sin la exigencia de renunciar a la tecnología moderna. Reinicié la marcha, y seguí corriendo hasta que el sol brilló desde algún lugar indeterminado allá en lo alto.

De vuelta en el hostal, tomé una ducha, me puso otro modelito fresquito y bajé a recepción. Trigger consultaba el libro de huéspedes de forma teatral. “¿Ya desayunaste?”, me preguntó. Acto seguido, me sirvió en las mesas exteriores un jugo de naranja, café y huevos a la mexicana con aguacate y tortillas hechas a mano. “¿Con las tuyas?”, inquirí con incredulidad. Como respuesta, tomó asiento frente a mí mientras decía “pues claro” y acto seguido posó la vista en el horizonte. Su perfil, recortado contra el palmar del malecón, era egregio; parecía un guerrero azteca dotado de aires sofisticados, como más internacional. A esa impresión general de perfección absoluta contribuía una cabellera indígena sin nariz aguileña y chata, unos rasgos marcados con determinación y exactitud, como cincelados en piedra, pero sin la tosquedad eslava que tanto deshumaniza. Volvió a posar sus ojos de fuego sobre mí, primero en mi escote, con el descaro exacto para que me alagara y ruborizara sin ofender, y luego directamente en los míos. “¿Qué plan tienes hoy?” dijo. Y al hacerlo, de verdad, parecía que lo hacía por primera vez, que se le acababa de ocurrir y estaba realmente interesado por mis planes. “No sé”, contesté. Él dibujó esa sonrisa que ahora tan solo me despierta escalofríos pero que en aquel momento logró excitarme sobremanera, y añadió, con un entusiasmo en el que, el muy hijo de puta, supo imprimir la timidez e inseguridad justas con tal de hacerme sentir lo que pretendía hacerme sentir: “¿te apetece dar una vuelta con moto de agua? Después, si gustas, podemos hacer snorkel en una arrecife cercano…”. Me estaba coqueteando, y me encantaba, porque no solo era un macho dominante que lo tiene todo controlado ―algo que de vez en cuando a las mujeres nos atrae― sino que también se veía en él a un niño inseguro que se estaba atreviendo, que enfrentaba sus miedos. Creyéndome que tenía la sartén por el mango dije que sí y me dejé llevar.

Hicimos todo lo prometido, y más: surcamos las olas, snorkeleamos entre bancos de peces multicolores, nadamos con delfines, comimos ceviche recién pescado, descansamos bajo unas palmeras rodeados por un paisaje idílico y sin mosquitos, hicimos el amor cuatro veces, volvimos a surcar las olas hasta que el cielo se oxidó y entonces, con el graznido de las gaviotas reverberando entre la playa y las nubes, caminamos por la orilla cogidos de la mano. Cuando cayó la noche, así sin cambiarnos, cansados y cruzados de marcas de sal, con el pelo enmarañado y la piel enrojecida por todo un día de sol sin protección, nos dejamos caer en el Café Verde, y todo volvió a comenzar.

Al despertar, ni rastro de resaca, ni tampoco boca pastosa ni aliento a muladar. El sol del día anterior me había bronceado más, sin quemarme. Si me tomé una ducha fría fue por el mero placer de hacerlo, no por estar sudada. Desnuda salí al balcón. Amanecía. No me pareció raro. Desde allá pude identificar al tipo atlético del libro de poesía sentado en el mismo banco. A los diez segundos de mirarlo, se puso en pie y empezó a hacer estiramientos sin dejar de sostener el libro ante sus ojos. Me metí en la habitación, me puse el bikini, encima unos shorts y una camiseta y bajé a recepción. Trigger atendía en el mostrador a un nuevo huésped: bajito, con muchos quilos de más, mal vestido y con la cara dividida por un grasiento bigote. ¡Era idéntico a un profesor malnacido que tuve en la carrera! Por primera vez, vi a Trigger serio. De forma furibunda, sin mediar un término medio, dijo que le repetía que no había habitaciones libres y que, por última vez, le rogaba por las buenas que abandonara el edificio. Según yo, era la única alojada. Me avergüenza confesar que cuando vi a Trigger salir de detrás del mostrador y proceder a empujar al tipo hasta la salida, sentí placer. De verdad que parecía mala persona, como lo había sido conmigo el profesor. Y además, con ese aspecto de desharrapado, ¿qué venía a hacer en Puerto Lagarto? ¿Qué no veía lo bonita que aquí era toda la gente? Aún estaba medio impresionada por la implacable conducta de Trigger, cuando se fijó en mí y con la mejor de las sonrisas, una que juro parecía sincera y recién estrenada, me dijo: “buenos días guapa, Milú, ¿has desayunado?”. Al acto, recordé el día anterior, acaso el más feliz de toda mi vida. Trigger volvió a servirme en las mesas que dan al malecón, todas lindamente adornadas con flores recién cortadas, y dispuestas con orden bajo el porche de madera blanca. Lo único raro que detecté fue que si bien Trigger estaba siendo un encanto por tercer día consecutivo, en ningún momento hizo señal alguna que me diera a entender que recordaba con afecto el apasionado y reincidente sexo amoroso de ayer. No sé, complicidad. No tanto como un “cariño” o ni siquiera un besito especialmente cerca de las comisuras ―aunque hacía veinte horas su lengua se había paseado como un caracol por todo mi cuerpo―, pero sí algún gesto que revelara que él era el mismo tipo con el que había pasado el mejor día de mi vida. No digo que estuviera siendo postizo, al revés, se le veía entregado con corazón a la tarea de atenderme con diligencia y amor, más allá de lo profesional; sino que me refiero a cierta forma de inconsciencia, tal vez de amnesia. Con otro no hubiera titubeado en escupirle que era un y luego soltarle un par de bofetadas, y ya, así que si con Trigger no actué de ese modo, será por algo.

Desayunamos, miramos el horizonte en silencio, y volvió a preguntarme si tenía plan para ese día. Y lo cierto es que sí, al menos por la mañana. Tenía en mente llamar a mi madre y luego hacer un poco de turisteo: catedral, cabildo, museo local, restos arqueológicos. “Pues sí”, contesté, imprimiendo en las palabras un misterio que ahora más que ridículo me resulta patético. Trigger no reaccionó. “Quiero visitar la catedral…”, empecé. Al terminar la retahíla, Trigger preguntó: “¿quieres dar una vuelta en moto acuática, hacer un poco de snorkel…?”. “¿Es que no me ha escuchado?”, me dije. Intuí que debía eludir la confrontación, por lo que articulé una disculpa, me puse en pie y logré zafarme de él arguyendo que tenía que ir al baño. “Qué extraño”, pensé de camino. Y no me refería a Trigger, sino al hecho de que en tres días, y solo entonces me daba cuenta, no había ido de vientre. Enfrentada a mi reflejo en el espejo, me vi más guapa que nunca. “Vaya bombón estoy hecha”, pensé. No sé, como si estuviera maquillada, muy arreglada y llevara tacones altos, pero sin estarlo ni llevarlos. Me sentía estupendamente. Cuando salí del baño, Trigger atendía el mostrador, absorto en el libro de huéspedes ―en el que solo yo estaba registrada― en tanto silbaba. No detecté rastro de rencor en su expresión facial, tan solo la misma plenitud sin fisuras de siempre. Me deseó que pasara un buen día justo antes de salir por la puerta y dirigirme al Zócalo.

De camino, crucé frente al tipo de los estiramientos y la lectura. Todavía estaba enfrascado, y con el mismo brío. No fue mi intención, al menos no en un inicio, pero cuando me encontraba frente a él, alcance a leer no el título, sino el autor del libro. Corrijo: Autora. Una tal Amanda Flow. Mi formación filosófica se retorció en algún lugar: bastaba el diseño de la portada para adivinar el tipo de basura que ese tipo consumía mañana tras mañana. Con el tesón de autómata que mostraba en la realización de los estiramientos, lo cierto es que leer basura, y no poesía lírica, como un día atrás había creído ―o más bien, querido creer―, le encajaba a la perfección. “Espero no tener que relacionarme con él”, pensé redirigiendo la vista al frente.

Ya en el Zócalo, busqué un punto de información turística. No tuve éxito. Había lo típico: jardines, fuente y quiosco con reminiscencias desatinadas a cierto estilo árabe. Detuve a un buen hombre, enchancletado y con el periódico bajo el brazo, y le pregunté por la catedral. Fue necesario que me repitiera la respuesta, porque no pude creerla: “no, señorita, de eso no tenemos aquí”. Recordaba haber visto un campanario, o algo que me pareció un campanario, desde el bus, cuando Puerto Lagarto se veía al final de la carretera como una mancha blanca entre cerros verdes besados por el mar. El hombre seguía ahí. Le dije que estaba de vacaciones y quería visitar el pueblo. “Puede montar en moto acuática, hacer snorkel…”, empezó a decir. No es habitual en mí, pero me di la vuelta y dejé de escucharlo. Allí estaba el Café Verde. Sentado, con una taza enfrente y la vista posada en el periódico, reconocí al hombre gordito y de grasiento bigote, el que había sido expulsado por Trigger de malas maneras y que me recordaba a un viejo profesor. El camarero, un muchacho atlético y bronceado que ya conocía de los días previos, y que se había presentado como Stunt, me hizo un gesto al entrar. “Hola, estás muy guapa”, soltó. El rubor subió a mis mejillas. “¡Ay, Puerto Lagarto!”, debí de pensar. “¿Lo de siempre?”. Stunt secaba vasos con un trapo. Lo hacía con entrega y perfección. Cada pieza le llegaba vaporosa a las manos y la devolvía reluciente a su lugar, fuera de mi vista. Fue verle realizar ese anodino trabajo, y de repente recordar que las dos noches anteriores se las había pasado haciendo lo mismo. No estaba segura por completo, pero ese gesto, meter el pulgar cubierto por el trapo dentro y luego rotar el vaso, me sonaba extremadamente familiar. Incluso el sonido, un leve chillido del cristal al ser frotado, se repetía con exactitud. Me arriesgue: “sí, lo de siempre”. Se giró, esperó un segundo, volvió a darme la cara, y ya tenía en las manos una taza humeante. “Tu café”. Acto seguido, salió de detrás de la barra con el rumbo fijo hacia la mesa donde tan tranquilamente descansaba el tipo del bigote grasiento. Observé que llevaba las mismas ropas lamentables, ni más ni menos sucias. Stunt lo agarró de las solapas, lo puso en pie con violencia y la sacó a empujones del bar. Luego con otro trapo húmedo limpió el desperdicio del café volcado, anegando el periódico, levantó la silla volcada, y me ofreció la mesa ya perfectamente limpia y preparada para mí. Estaba en shock, pero me gustaba. Realicé una segunda observación con relación al dos veces expulsado: en ninguna de las ocasiones se había quejado, o había ofrecido resistencia. Y ahora que lo buscaba afuera del local, tal vez insultando a la familia del camarero, o mirándose con rabia e impotencia la ropa manchada, no di con él. Stunt me ayudó a sentarme con caballerosidad. Accedí visiblemente halagada. Aquel tipo había sido violentado solo por mí, y lejos de sentir culpa, me invadía un placer indefinible. La taza ya estaba sobre la mesa, todavía perfectamente humeante, y pese a los minutos transcurridos entre el conflicto y el sacudirme el impacto, aún conservaba la película de crema color caramelo que adoro barrer con la cucharita y posar sobre la lengua. En ese bar debían de usar alguna técnica que lograba retardar la disolución de esa preciada y fugaz crema en el café inmediatamente inferior. Le di un sorbo. Estaba muy rico. Olvidé el conflicto. Le di otro. No solo estaba rico, sino que despertaba en mí partes olvidadas. El tercer sorbo estimuló mi memoria. Me fijé en el vaso, de tubo, transparente, sin glamur alguno, y entonces caí en ello. Mi abuela se servía los cafés con leche del mismo modo. Y el sabor era exactamente igual. Maravillada por esa casualidad, no reparé en que en el rato que dediqué a tomármelo, que fue bastante porque quería disfrutar de su sabor, amén de regocijarme con los hondos recuerdos de mi abuela que afloraban a mi conciencia con cada delicioso sorbo, la temperatura del líquido se mantuvo constante, siempre perfecta.

El cuarto día amanecí a la misa hora, sintiéndome exactamente igual, y teniendo a mis espaldas otra noche de baile, sexo salvaje y drogas sin moderación. Ni rastro de estragos físicos o mentales. Salí desnuda al balcón y vi al tipo de los estiramientos. Cerré la ventana de golpe. El silencio era absoluto. Estaba sola en el hotel. Me figuré a Trigger tras el mostrador, concentrado en el libro de huéspedes, y me recorrió un escalofrío. No es que sintiera hambre, pero la fuerza de la costumbre me impulsaba a salir en busca de desayuno. Me dije que no quería salir, que usaría el teléfono para pedir algo. En esos días había visto muchas franquicias de pizzerías por la calle, así que estaba segura de que no habría problema en ese sentido. La sorpresa fue descubrir que el móvil no aparecía por ningún lado. Ante ese tipo de situaciones, siempre he sido buena. Sé mantener la calma. “¿Cuándo fue la última vez que lo viste, Milú?”, me interrogué. Hice memoria. Era raro en mí; no lo había tocado desde que había bajado del bus. Y entonces recordé que al final no había llamado a madre, y acto seguido su imagen suspendida en mi mente me hizo sentir muy lejos de casa; no en otro estado, ni en otro país o continente, sino en otro plano de realidad, del lado de un salto insalvable. Con el chorro del grifo sobre la cabeza, me despejé.

Trigger estaba tras el mostrador, haciendo lo que me temía. “Buenos días, guapa”. Algo crujió en mi fuero interno. En ningún momento sonreí, pero a él pareció no importarle, porque me ofreció el desayuno, el paseo en moto acuática y el snorkel sin perder la sonrisa de escritor de libros de autoayuda. “Oye Trigger, tengo un problema”, dije, lamentando ser yo quien los introdujera en Puerto Lagarto. Él no reaccionó más que prolongando la expresión de simpática estolidez. “He perdido el teléfono y quiero llamar a mi madre”. Antes de que pudiera responderme, el tipo de bigote grasiento y cara de hijo de puta, franqueó el umbral y llegó hasta el mostrador. Lo tenía muy cerca: su cara, en efecto, era idéntica a la de mi antiguo profesor. Se llamaba Úrsulo, el muy malvado. Por su culpa me habían denegado la beca del último año de carrera ―el de la tesis― y nunca pude acabarla. Titiló la llama del odio detrás de mis ojos. Trigger estaba arrojándolo a la calle con idéntica violencia que la vez anterior, pero ahora no sentía placer, sino más bien una suerte de fría indiferencia ―porque esa paliza no me llevaría de vuelta al último año y haría que me dieran la beca― que Trigger pareció detectar de inmediato y, en mi entender, le espoleó para que, no conforme con los empujones, le derribara y empezara a patearlo con furia bajo el porche de madera blanca. Quedó regado de sangre oscura. Ante ese espectáculo, me sorprendí a mí misma sumida en la misma indiferencia. Trigger se me acercó, susurró que toda estaría bien, y luego repitió si quería desayunar. “¿Puedo hacerlo en la mesa de mi balcón?”, pregunté, de repente teniendo una idea. “Yo te lo preparo, corazón”, respondió.

Lo cierto es que la violencia y el relato de la misma lograron esparcirme hasta después de la siesta inducida por el sexo salvaje con el mar de fondo. Recordaba a Trigger eyaculando encima de mí, pero según me inspeccionaba el cuerpo, no veía rastro de semen. Había olvidado por completo el asunto del móvil. Ante el espejo, volví a verme atractiva a pesar de la siesta de tres horas: sin ojeras, peinada, los párpados sin la hinchazón de costumbre, como maquillada sin estarlo, como subida en unos tacones sin llevarlos. Me sentía exuberante, como una diosa del olimpo, poderosa y bella. No entendía nada. Sin embargo, la realidad de Puerto Lagarto me sonreía, era extremadamente benigna conmigo. Aún no pensaba que lo estaba siendo demasiado, lo cual explica que yo, curiosa insaciable, frustrada impenitente, me conformara con no entender. Ya llevaba tres días, y me iría al quinto; todavía restaban dos noches antes del regreso a mi vida mediocre. En Puerto Lagarto estaba a salvo de todo aquello; debía disfrutar lo que me quedaba. Salí del baño envuelta en un aura de estrella de cine. Trigger ya estaba en pie, vestido con unos jeans y con el torso al descubierto. Me miraba los pechos. Halagada, volví a consumir con los ojos aquellos pectorales bien definidos, los abdominales y dorsales de guerrero azteca. Acto seguido, me abalancé sobre él y seguimos follando hasta el anochecer.

Cuando al fin abandonamos el hotel en busca de algún lugar donde cenar, me percaté de que el charco de sangre del porche había desaparecido sin dejar rastro. Jugué con la idea de que en Puerto Lagarto ni siquiera era necesario perder tiempo manteniendo las cosas limpias; lo hacían solas. Maravillada ante lo fantástico del pensamiento, eludí reflexionar sobre el detalle de que la mancha, en efecto, no estaba allí. Cenamos carne de vacuno a la parrilla con verduras al papillot y lo regamos todo con un tinto importado. Yo no pagué, así que pensé que debió de hacerlo Trigger mientras estaba en el baño, haciendo como que me arreglaba. Al salir, lo vi esperándome junto a la puerta de la calle, con esa sonrisa de dentífrico, y de golpe me sentí cansada de su perfecta compañía. Fue pensarlo y acto seguido se me acercó y dijo: “oye guapa, tengo cosas que hacer, ¿te importa si te dejo sola?”. Fingí un sutil enojo, ―más que nada por la costumbre con mi expareja― y luego le dejé ir con una sonrisa en los labios. Poco después llegaba al Café Verde justo en el momento en que empezaba la fiesta. Ordené a Stunt que dejara los putos vasos, que parecían interminables, y me sacara a bailar.

Esa noche y las que siguieron forman en mi mente un amasijo confuso. E igual me sucede con lo que hice durante mis supuestamente últimos dos días. Solo recuerdo que fui intensamente feliz. Jamás en mi vida había estado tanto tiempo sin dedicar al menos un par de pensamientos al día a dilucidar con angustia e impotencia las cuestiones fundamentales de la filosofía, por lo que es comprensible que solo entonces, cuando no me preocupó ni la muerte, ni el sentido de la existencia, ni el yo ni el mundo ni Dios, haya entendido con el cuerpo, y no con la cabeza, que la vida es un absurdo que solo significa en nosotros. Ahora lo razono y puedo llegar a la misma conclusión, pero no la entiendo, ¡no tiene sentido! Apenas se queda en la piel de la mente, subrayando su inconmensurable verdad, así como mi condición inferior.

Al amanecer de mi quinto día, Trigger se personó en mi habitación. “¿Cómo sabes que no dormía?”, le pregunté, coqueta. “Yo lo sé todo”. Sonreía con la mano apoyada en el marco. Estaba ligeramente sudado, como si acabara de hacer deporte. “Bueno, casi todo”, añadió, y luego, como cambiando de tema: “oye, ¿quieres alargar tu estancia en Puerto Lagarto?”. Allá fuera me esperaba la vida gris, el tener que dedicar diez veces más esfuerzo que el invertido en Puerto Lagarto para no ser ni la décima parte de feliz. Sin embargo, no quería. Las vacaciones lo son precisamente porque se acaban; sabía que si las alargas pierden su naturaleza acrónica y pasan a convertirse en lo cotidiano, y por ende desangelado. Trigger tenía la vista fija en mí. Se veía encantador y viril. “Cuántos buenos momentos hemos pasado”, debí de pensar, porque aunque mi voluntad interna pulsaba por decir “no, vayámonos a nuestra vida gris y mediocre, pero nuestra”, y a punto estaba de hacerlo, terminé pronunciando “sí”. La voluntad no es unitaria, y justo el mecanismo que conectaba la interna con la externa, con la que mueve laringe, lengua y labios y dice “sí” o “no” o “depende”, ya no estaba bajo mi control. Así es cómo me lo explico. Y volví a decir “sí, claro”. “¿Una semana más?”, sugirió él, dibujando de vuelta la mefistofélica sonrisa del primer día. Y repetí “sí”, pese a que quise decir “no”. Podía darme por despedida si faltaba a mi primer día tras las vacaciones, pero el mar era tan azul, Trigger tan ideal, y yo me sentía tan bien allí, que no reuní el ánimo necesario para resistirme al embrujo de Puerto Lagarto.

Todo depende de las personas. Las hay que pueden no hacer nada en todo el día, echarse una siesta de miedo y luego ser capaces de volver a conciliar el sueño sin ningún problema. A mí, de actuar así, me atormenta el remordimiento y la culpa, aunque esto contravenga flagrantemente ―lo sé― todas mis convicciones filosóficas. De cualquier forma, a la luz del problema que ahora me atribula ese detalle es baladí, lo mismo que haber perdido el empleo.

El primer día de mis vacaciones extendidas quedó a salvo gracias a su carácter exclusivo: era novedad. Sin embargo, cuando el segundo se desplegó de forma inquietantemente idéntica a los demás, me dije que era muy irresponsable de mi parte malbaratar tantos años de trabajo sin más motivo que la pereza, y resolví cancelar el resto de días. Trigger se puso triste e insistió en que recapacitara y, al menos, esperara al fin de semana. Ante mi firme determinación por partir, Trigger al final convino “de acuerdo, de acuerdo” y se aplicó a hacer mi cuenta. “¿Esperas a algún huésped más?”, le pregunté entretanto. Ahora sé que la mirada que me devolvió decía: “¿bromeas?”, pero yo leí: “¿estás celosa?”. No respondió. Recuerdo a la perfección que la suma a pagar era un número redondo, algo así como mil, o diez mil, y por un momento me pareció una broma, como si estuviéramos jugando a las comiditas y ese fuera el importe inventado de la cena imaginaria.

Llegué al Zócalo arrastrando la maleta. Busqué el local de la compañía de buses. Compré un billete y esperé sentada en un banco cercano. Me miré los zapatos durante un rato. Pensé “qué raro”. No recordaba haber ido al Café Verde a recuperarlos. El bus apareció y se detuvo con puntualidad. Era la única pasajera. Antes de subir, alcé la vista y busqué el sol, pero debía de estar escondido tras la colina, porque no lo encontré. Pronto, con las últimas casas discurriendo al otro lado de la ventanita, me invadió la nostalgia por el pueblo. Estaba yéndome; podía dar rienda suelta al sentimiento, así que me puse a evocar los días pasados en Puerto Lagarto, obviando lo extraño y exaltando lo bueno. “Parece que haya vivido el mismo día” me decía en el momento en que, suavemente acunada por las irregularidades de la carretera, caí fulminada por el sueño.

Al recobrar la conciencia de vuelta entre las sábanas de aquella cama, en un inicio la confusión fue una suerte de alivio. Sin embargo, cuando recordé con afilada certeza que, en efecto, me había subido al autobús rumbo Lázaro Cárdenas, esa confusión se tornó en una nube de entrañas negras que se abalanzaba sobre mí. “¿Qué ha pasado?”, pregunté a Trigger. Oh, su cara. Era obvio, tanto como lo era que ese tipo no pensaba ni en el ayer ni en el mañana, sino tan solo en el ahora, y que no sabía de qué le hablaba. El muy idiota me dio los buenos días y me ofreció dar una vuelta en moto acuática. Subí corriendo a la habitación. Toda mi ropa estaba dispuesta en armarios y cajones, como si yo no me hubiera encargado de empaquetarla pocas horas atrás. Salí al balcón y vi que amanecía. Me metí aterrada al escuchar los resoplidos postizos del tipo de los estiramientos y busqué el refugio de las sábanas. Llegada la tarde, a juzgar por la luz naranja que se metía por la ventana pese a no haber sol, reuní fuerzas para reflexionar. Una hora después el terror era dueño de mí. Bajo el caparazón de las sábanas, donde reinaba un ambiente de pecera o terrario, me repetía una y otra vez las peculiaridades ontológicas de Puerto Lagarto, y si bien suponían una afrenta al sentido común, lo peor de todo fue comprobar que toda corriente filosófica naufragaba en ese entorno terriblemente feliz.

Desconozco cuánto tiempo pasó antes de que resolviera poner a prueba la realidad, pero estoy segura de que por entonces mi desesperación ya habría llegado a lo que creía que era su cenit. Ni comía, ni bebía, ni cagaba, ni dormía, y aun así siempre me sentía estupendamente, sin hambre, ni sed ni cansancio. De modo que de ahí al paso siguiente no hubo tanta distancia; ya había violado la realidad sin más consecuencias que mi desasosiego. Escogí experimentar con Úrsulo. Sabía que lo encontraría deambulando su fealdad por el pueblo, siendo echado de un lugar a otro impenitentemente. Y en efecto, di con él en el Café Verde, donde, tras superar un tímido reparo moral, lo derribé y empecé a patearlo enfrente de todo el mundo hasta que dejó de moverse. Saqué tres conclusiones: del pensamiento “matar a Úrsulo” a la acción había mediado muy poco rato ―y yo soy conocida por mi pusilanimidad―; su muerte no me hizo sentir mal; y nadie había intentado detenerme. De hecho, Stunt, una vez acabé, me ofreció “mi café” en un vaso idéntico a los que usaba mi abuela. Al día siguiente, volví a ver a Úrsulo recorriendo el malecón y saqué la cuarta conclusión. Pasaron los días, las semanas…, un par de meses después había matado, al menos una vez, a todo habitante de Puerto Lagarto, incluido Trigger ― llevé la moto acuática a alta mar y allí, con un golpe del manillar, lo hice caer y luego pasé encima de él una y otra vez―. Lo único que exclamó cuando me vio a toda velocidad hacia él fue un teatral “¡oh no!”, y como que se ahogó medio queriendo.

Con los años de encierro en Puerto Lagarto, he llevado a cabo hasta la más alocada empresa. Un día robé el autobús y me dediqué a atropellar a todo aquel que anduviera paseando por el malecón. Me hicieron falta varios días y centenares de víctimas para aprender a manejar ese mamotreto, pero al final lo logré, y así, descubrí que los aprendizajes, día tras día, permanecen. Si residiera algún profesor de cualquier lengua extranjera en el pueblo, sería un hacha en ella, pero no es el caso. No hay nada de interés que aprender en Puerto Lagarto. A veces me despierto con ganas de ser la sheriff del condado, y entonces me dedico a cazar delincuentes con un revólver robado al único policía del pueblo y que dispone ―por supuesto― de infinitas balas. Pronto me aburro, porque la única delincuente soy yo. También he realizado espectaculares atracos, con persecución final y explosiones y todo. Normalmente, al día siguiente de estos planazos amanezco igual de estupenda pero con ganas de ayudar a la comunidad, no sé, de ponerme a repartir bocadillos a los pobres, de enseñar a leer y escribir a los analfabetos, pero como todo es perfecto en Puerto Lagarto, no hay ni pobres ni analfabetos e indefectiblemente termino cometiendo algún que otro crimen contra la humanidad. Y es que cuando la única opción de divertimento disponible es el exceso o el mal impunes, los cuales a menudo van de la mano, ¿qué hago mientras se consume la eternidad de Puerto Lagarto? Es cierto que al inicio follaba con uno, dos, tres, diez o veinte personas al mismo tiempo, de todo color, tamaño, sexo y edad, mientras consumía una, dos, tres, cuatro y hasta cinco drogas al mismo tiempo; comía y bebía con desmesura y exceso rodeada de gente preciosa que me alababa, y luego mataba al que tuviera más cerca utilizando algún objeto filoso, con un ladrillazo en la cabeza o con las manos desnudas. Sin embargo, hace años que las bacanales dionisíacas me hacen bostezar y ya no sé qué otros desmanes cometer.

Necesito desesperadamente nuevas ideas para matar el tiempo; el asalto del aburrimiento cada vez es más difícil de rechazar. Señalar que me está restringido el placer que dispensa el esfuerzo. Repito: no me es preciso esforzarme por hacer ejercicio, cuidar la dieta o estudiar, ni tampoco requiero de tesón para lograr tener éxito en mis negocios, porque aquí todo es gratis y no hace falta trabajar; tampoco es necesario que tenga paciencia con la gente que no me gusta, lo que antes eso me hacía sentir mejor ciudadana, sino que ahora puedo eliminarlos de un balazo y no pasa nada, algo bastante más sencillo que la tolerancia. De verdad que el aburrimiento es insoportable, capaz de enloquecer a cualquiera. ¿Acaso será el único defecto de programación de Puerto Lagarto? Lo que daría por disponer de una buena biblioteca, o de una escuela de música llena de instrumentos ―aunque con la eternidad de que dispongo terminaría por dominar con maestría hasta el clavicordio, y luego volvería a aburrirme―, o yo que sé, un par de amigos para hablar, pero no, solo tengo ante mí una inacabable perfección sin arrugas que, muy a mi pesar, solo me deja una opción de la que no soy capaz. Me aterraría volver a despertarme al día siguiente, con el amanecer rojo y sin sol en la ventana, un tipo con shorts estirando y leyendo al mismo tiempo en el malecón, y yo, frente al espejo, hermosa y sana como una lechuga, pero con un brillo infernal en la mirada.

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