Tendiendo puentes entre el psicoanálisis y la ciudad

Reseña de ‘Consumidos’, de David Cronenberg

La novela que supone el debut literario del cineasta canadiense David Cronenberg, Consumidos, gira en torno al omnipresente papel de los gadgets multimedia en nuestros días.

Desde sus primeros filmes hasta los que le otorgaron el reconocimiento como autor -Inseparables (1988) o Crash (1996)-, la obra de Cronenberg reflexiona a lo largo de toda esa etapa sobre la existencia humana en tanto marcada por su finitud. El cuerpo es el punto de anclaje entre un sujeto y su realidad, relación que resulta siempre inestable. En efecto, los efectos sobre el cuerpo de una enfermedad -sea ésta provocada por parásitos, una mutación, drogas o la exposición a algún tipo de tecnología- genera en el individuo una metamorfosis que revelará la fragilidad de su posición subjetiva.

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Sin embargo, a partir de la década del 2000 podemos situar un viraje en la obra del director canadiense. La cuestión del cuerpo queda desplazada y Cronenberg pone en primer plano cómo las identificaciones que el Otro social brinda al sujeto le proporcionan una frágil barrera respecto a su empuje pulsional.

En Consumidos resuena el eco de la penúltima película de Cronenberg, Cosmopolis (2012). En ambas obras, el realizador parece decirnos que el sujeto contemporáneo es un ser apático y desencantando envuelto por una parafernalia de objetos tan sofisticados como innecesarios.

El protagonista de Cosmopolis es un joven multimillonario, Eric Packar, que se encapricha de un corte de pelo en la barbería de su infancia el mismo día en que el presidente de los Estados Unidos visita Nueva York. En contra de las advertencias de su equipo de seguridad, la limusina de Packar atraviesa lentamente Manhattan en medio de las protestas de manifestantes que esgrimen el lema: “Un espectro recorre el mundo, el espectro del capitalismo”. En su travesía, Packar es advertido de que alguien está tratando de atentar contra él. Lejos de temer por su vida, la amenaza parece sacar al multimillonario de su apatía y le hará afirmar: “Me hace sentir libre de una forma que no conocía”.

Si bien en los filmes capitales de Cronenberg los protagonistas abrazan la metamorfosis de su subjetividad hasta las últimas consecuencias y la muerte es asumida como el tránsito hacia un estado superior, en Cosmopolis el dolor y la muerte son las vías que el protagonista encuentra para salir de su letargo, la única experiencia real en medio de toda esa sobrecarga de información que no produce ningún efecto verdadero sobre él.

En Consumidos, una pareja de periodistas, Naomi y Nathan, investigan un suceso truculento: un filósofo francés llamado Aristide Arosteguy ha desaparecido tras ser considerado principal sospechoso del asesinato -y quizá devoración- de su esposa Célestine. La relación entre Naomi y Nathan, cada uno en una ciudad diferente del planeta, es mucho más virtual que física. Se comunican a través de todo dispositivo multimedia a su alcance -principalmente Skype- e intercambian constantemente archivos gráficos, pero no abundan entre ellos los encuentros en los que pongan el cuerpo. Ambos parecen esclavizados a sus cámaras y demás instrumentos para capturar la imagen y el sonido. Por su lado, el saber de Naomi depende de sus consultas incesantes a Internet.

El dominio de la imagen en Consumidos disuelve toda frontera entre un acontecimiento verídico y una ficción: basta con disponer de imágenes que supuestamente ilustren un suceso para hacerlo pasar por auténtico. Los personajes ejecutan una constante performance para la mirada (instrumental) del Otro. La simulación se impone sobre la experiencia real. Mediante refinados gadgets (escáneres láser, impresoras 3D) la muerte puede fingirse y cualquier cuerpo puede ser reproducido y sustituido virtualmente. Así, sólo cabe ya la sospecha: el otro puede resultar un impostor y la propia singularidad ha quedado borrada.

En El malestar en la cultura, Freud habla de la tecnología como modo de perfeccionamiento de los órganos del cuerpo. El ser humano, nos dice Freud, aspira mediante la tecnología a estar a la altura de los dioses que tanto ha idealizado, pero sólo lo logra a medias: “El hombre ha llegado a ser por así decirlo, un dios con prótesis: bastante magnífico cuando se coloca todos sus artefactos; pero éstos no crecen de su cuerpo y a veces aún le procuran muchos sinsabores”.

Lacan retoma en La tercera el texto de Freud y afirma que el cuerpo contribuye al malestar en la cultura: “¿De qué tenemos miedo? De nuestro cuerpo. Es lo que manifiesta ese fenómeno curioso sobre el cual hice un seminario durante un año entero y que denominé la angustia . La angustia es, precisamente, algo que se sitúa en otra parte, en nuestro cuerpo, es el sentimiento que surge de esa sospecha que nos embarga de que nos reducimos a nuestro cuerpo.” Para Lacan, como antes afirmó Freud en El malestar en la cultura, los gadgets que ofrece la ciencia y la tecnología sólo ofrecen un aperitivo -“algo para llevarnos a la boca”-, pero no un verdadero conocimiento sobre nuestras vidas ni evitan la angustia, más bien hallan nuevas vías para fomentarla.

Para Lacan, será difícil hacer que el gadget no sea un síntoma, en tanto viene a taponar la falta del sujeto dificultando su verdadero acceso al deseo. En Consumidos los personajes dependen de gadgets que les permiten abolir las distancias entre ellos o disponer a voluntad de imágenes de cuerpos previamente capturadas. Pero a condición de que el cuerpo siempre sea escamoteado. La experiencia física, incluso el encuentro sexual o la muerte, se pierde para ser suplantada por lo virtual, y el sujeto parece conformarse con ello por más que no le ofrece una vivencia auténtica.

De modo que, con su cuestionable uso y su vacía sofisticación, los gadgets multimedia tratan de hacernos olvidar el miedo a nuestro propio cuerpo ofreciéndonos de forma subrogada su imagen en la pantalla. Están -de momento- lejos de conseguirlo. Como transmite Cronenberg en su novela, finalmente somos consumidos por nuestra propia imagen virtual y quedamos atrapados en una maraña engañosa en la que los límites entre verdad y ficción están disueltos.

 

Bibliografía:

-Freud, S. “El malestar en la cultura”, “Obras Completas (Vol XXI)”, Amorrortu, Buenos Aires, 2012.

-Lacan, J. “La tercera”, “Intervenciones y textos 2”, Manantial, Buenos Aires, 1993.

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