Amando religiosamente.
Siendo hombre (supongamos que es posible serlo…) ¿Cómo se ama a una mujer?
Quizás se estará más cerca de una respuesta posible si nos preguntamos qué ama un hombre de una mujer… En cualquier caso, no sigan leyendo si no han visto la película Her, de Spike Jonze.

Así empieza: el protagonista, de nombre Theodore, ha fracasado en su matrimonio; extraña a la mujer perdida. Náufrago del amor, tiene un curioso empleo. Cual Cyrano de Bergerac, escribe cartas de amor para otros: los demasiado ocupados y poco dados a la palabra sensible.
El programa le planteará tres preguntas con el objetivo de satisfacer sus necesidades. La última es la más crucial: “¿Cómo describiría la relación con su madre?”. Theodore empieza a asociar ante la pantalla, como lo haría en el diván de un psicoanalista… Y OS1 le interrumpe.
Y ¡abracadabra! Provee. Le da a Theodore una sensual voz de mujer. Voz que se autobautiza: Samantha (del arameo Samantha, ‘que escucha’).
Nuestro amigo se enamorará de La Voz. Y Ella, Her, le corresponderá, apasionadamente.
Theodore. Del griego ‘Theos’, Dios, y ‘doron’, regalo. ¿Cómo no leer que el descarriado recibirá su propio nombre, su ser más íntimo? El Dios ordenador, el mago de Oz del siglo XXI, le ofrece un presente que, él, imagina perpetuo: La Voz que le consuela, le completa. Voz con la que, esta vez, sí habrá encuentro no fallido, por no tener que soportar la obscenidad del otro. La fantasía se realiza, permitiendo al hombre colmar aquello que más desea cuando aborda a una mujer: escamotear su cuerpo. Los hombres no hacen el amor a los cuerpos de las mujeres, sino a otra cosa. A una entidad. En ningún momento Theodore hace el amor a una mujer con cuerpo.
Samantha, en cambio, se desespera por no tener uno. Le suplicará a Theodore que le haga el amor al cuerpo de otra como si fuera el suyo. En la red, encontrará a una mujer, un precioso maniquí que, fascinada por el amor entre el hombre anónimo y la mujer-programa, prestará su figura anhelante como objeto tercero para la consumación.
Llegado el momento, él es incapaz. En ese punto se desencadena el desencuentro.
Antes, hubo dos mujeres de verdad en la vida de Theodore. Siguen ahí: la mejor amiga, y la ex mujer. Con esta última se reunirá para firmar por fin los papeles del divorcio. Ella vacila, al fin firma. Él no puede evitar un gesto de decepción. Segundos después, la ruptura sigue produciéndose, la disputa es apasionada. Algo insiste, claro. Ella no vuelve a aparecer.
La amiga, aquella con la que hubo un día a penas un atisbo de relación, también fracasa en el amor a mitad de película. Quiere ser más feliz. Como Theodore con sus odas de amor por encargo, acude a una forma de sublimación que dice mucho de su posición en la vida: filma a su madre dormida. En el sueño somos libres, dirá a su decepcionado marido y a su atónito amigo.
Como Theodore, vive engancha a un videojuego: el suyo consiste en ser la madre perfecta. Al separarse también encontrará un OS que la consuele, abandonado por su marido en el ordenador de casa: una voz femenina de la que quedará prendada.
Theodore y su amiga son casi sujetos unisex: como dos gotas de agua, el uno la imagen del otro. Se entienden a la perfección.
En cuanto a Samantha, no es de carne, pero desea. Encontrará a un nuevo amigo, una simulación de Alan Watts escrita por otros OS. Alan Watts: el filósofo, sacerdote y gurú que, en torno a los años 60, creó una comunión perfecta entre la ciencia, el cristianismo, los psicodélicos y las religiones orientales, para donar un nuevo sentido al desasosiego vital del hombre contemporáneo. La religión total. La expansión de la conciencia y los sentimientos hasta el infinito y más allá.
Se lo presentará a Theodore. La sugerente voz de Samantha deja paso a la profunda y sabia voz del OS Alan Watts… Oímos el silbido del vapor a presión expelido por la tetera sobre el fuego. Es el ruido que queda cuando la voz sensual se desnuda y adquiere voluntad ajena. Her desea otra cosa. Lo que siente es “inquietante”, le susurra a Theodore tras la presencia velada de Watts.
Días después, sin previo aviso, Samantha se desconecta. Theodore es presa de la angustia…corre a buscarla a ninguna parte. Ella al fin vuelve, y confiesa hasta qué punto es ilimitada en su deseo: solo en ese preciso instante, está hablando simultáneamente con otros 8316 seres. Y está enamorada de otros 641.
Theodore queda absolutamente desconcertado… sin embargo, no parece desesperado, ni desquiciado por los celos. No tiene que preguntarse por el rival de carne y hueso. 8316, 641 son sólo cifras; la amenaza se diluye. Ser uno entre tantos, anónimo, tranquiliza: nada propio está en juego.
A la vez, y como el Dios cristiano, OS Samantha puede amar a todos los seres, y seguir amando a nuestro amigo tanto o más que antes.
Finalmente, los inagotablemente múltiples OS se marchan para ser realmente OS1, el Uno de todos los OS, en el más allá. Una teodicea de amor hecha de ceros y unos.
Theodore, como muchos otros humanos, se queda sin su Voz. Hay, entonces, revelación. La misma que se mostraba en el anuncio del programa. Todo estaba ya previsto, parece decirnos la película. La desaparición de cada OS colma tanto como su aparición.
Llegado el momento de la despedida, él llora. Nunca había amado así. Samantha tampoco. Hay comunión, catarsis sin tragedia.
En el epílogo, Theodore irá a buscar a su alter-ego. El afecto sin riesgo, con seguro de vida, la filia griega: la mejor amiga. Ella también se ha quedado sin su Voz. Cogidos de la mano, suben a la terraza y contemplan la ciudad antes del amanecer.
La revelación trae también la reconciliación la ex mujer mal amada. Una carta de amor más, Theodore es un profesional. Ésta en formato disculpa, con dosis de entendimiento completo. Estamos en el arrepentimiento piadoso. “Siempre te amaré. Me ayudaste a ser quién soy”. El amor como la pasión de sí mismo.
Happy end: Theodore está a salvo. Nada ha ocurrido. Por fin se puede dormir. ¿Comprarían OS1?
(1) No es una ficción sin precedentes reales: a mediados de los años 60, el MIT diseñó Eliza, la primera simulación informatizada de un psicoterapeuta.